El pasado miércoles, el Senado de la República se convirtió en escenario de una bochornosa confrontación entre los senadores Alejandro Alito Moreno, del PRI, y Gerardo Fernández Noroña, del partido Morena. Mientas el Himno Nacional sonaba de fondo, ambos legisladores intercambiaron empujones y manotazos, llevando la política mexicana a un nivel que recuerda más a una riña de barrio que a deliberaciones serias sobre el futuro del país.
La situación es aún más desalentadora al observar que estos personajes han representado a sus respectivos partidos en un contexto en el que sus credenciales están en entredicho. Fernández Noroña, quien ha acumulado una considerable fortuna defendiendo a los pobres, exhibió un comportamiento que contradice su autoerigida imagen de superioridad moral. Tras el enfrentamiento, se vio abandonando la escena protegido por otros legisladores, lo que deja entrever una falta de valentía.
Por su parte, Moreno continúa siendo una figura controvertida dentro del PRI, un partido que se encuentra en un estado crítico. Enfrenta acusaciones de enriquecimiento ilícito, y su comportamiento durante la trifulca resaltó su falta de seriedad al utilizar su corpulencia como recurso ante un adversario que ya había optado por la huida. El espectáculo no se limitó solo a estos dos; otros miembros del PRI también se vieron envueltos, brindando un retrato nada positivo del nuevo priismo en acción.
Como consecuencia de este desorden, el Ministerio Público fue al Senado para tomar la denuncia de Fernández Noroña y más tarde de Emiliano González, un camarógrafo que también resultó envuelto en el conflicto. Surge la pregunta de si realmente constituye un delito el intercambio de manotazos, dado que no se reportaron lesiones graves. Más que los actos mismos, lo que podría ser más preocupante es el impacto negativo que esto tiene sobre la ya frágil credibilidad del Congreso de México.
Ambos legisladores decidieron utilizar las redes sociales y medios de comunicación para victimizarse mutuamente, transformando el legislativo en una especie de reality show que incluso podría beneficiar financieramente a Fernández Noroña. Esto sugiere que la política mexicana está cada vez más marcada por el espectáculo y menos por una verdadera búsqueda de soluciones a los problemas del país.
Mientras millones de mexicanos lidian con crisis económicas y de seguridad, sus representantes en el Congreso parecen más preocupados por lo que sucede en el ámbito personal y de ego, que por abordar las verdaderas cuestiones que aquejan a la nación. Este enfrentamiento es un claro recordatorio de que lo más indignante de la política corriente no se encuentra en las calles, sino dentro del mismo Congreso, donde los egos y privilegios parecen estar al frente de las preocupaciones de los legisladores.
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