A más de tres décadas del denominado “error de diciembre”, vuelve a aflorar el debate sobre la valoración del peso mexicano. La conclusión, que muchos economistas comparten, es que el peso se encuentra efectivamente sobrevaluado. Este fenómeno se puede entender a partir de los diferenciales de inflación entre México y Estados Unidos, que sugieren que el tipo de cambio de equilibrio debería situarse en torno a 20.50 pesos por dólar, en contraste con los 17.89 actuales.
Recordemos que el 20 de diciembre de 1994, el gobierno del entonces presidente Ernesto Zedillo, que llevaba poco tiempo en funciones, se vio obligado a devaluar el peso en más de un 15%, pasando de 3.4 a 4 pesos por dólar. Sin embargo, esta medida no detuvo la crisis cambiaria: el tipo de cambio continuó depreciándose hasta alcanzar los 7 pesos por dólar, lo que resultó en una devaluación superior al 100%. Las raíces de esta crisis se habían ido gestando durante el mandato de Carlos Salinas de Gortari, quien implementó una estrategia para contener la inflación que incluía un tipo de cambio sobrevaluado y altas tasas de interés, además de una emisión masiva de Tesobonos —instrumentos de deuda pública de corto plazo, denominados en pesos pero pagaderos en dólares— para financiar el gasto gubernamental.
Esta estrategia, que estuvo acompañada de una apertura comercial y la firma del Tratado de Libre Comercio, había logrado reducir la inflación a niveles cercanos al 7%. Pero al mantener el tipo de cambio de manera artificial, se generó una aparente bonanza económica que escondía un creciente déficit en la balanza comercial y de cuenta corriente. Las altas tasas de interés atrajeron capitales que financiaron dicho déficit, pero esto acumularía eventualmente un déficit de cuenta corriente que llegó a ser del 7% del PIB, insostenible ante la fuga de capitales. Así, la crisis de 1994, conocida como el Efecto Tequila, se desató.
Hoy, el contexto es notablemente diferente. El tipo de cambio no está fijado, sino que se mueve según las fuerzas del mercado. No se observa un déficit significativo en la cuenta corriente, que se sitúa en un 0.3% del PIB, y las reservas internacionales son robustas, alcanzando los 250,000 millones de dólares. La fortaleza del peso en la actualidad se debe principalmente a factores financieros. Por un lado, el amplio diferencial de tasas entre México y Estados Unidos ha favorecido la inversión. Además, el carry trade con Japón —donde las tasas, a pesar de haber aumentado, permanecen en 0.75%— permite a los inversionistas financiarse a bajo costo para invertir en instrumentos más rentables. Por si fuera poco, la depreciación deliberada del dólar por parte del gobierno estadounidense ha añadido otra capa de complejidad.
En el último año, el dólar ha mostrado una depreciación significativa frente a la mayoría de las divisas, superando el 11%. Algunos expertos sugieren que esta estrategia tiene como finalidad reducir una deuda que ha crecido a 37 trillones de dólares, equivalente a más del 122% del PIB de EE.UU. Este mecanismo podría recordar las devaluaciones de 1985, cuando se buscó aumentar la competitividad de exportaciones y disminuir el peso real de la deuda.
Como una adición al análisis, se plantea la posibilidad de que EE.UU. revalúe oficialmente sus reservas de oro, que actualmente tienen un valor contable de apenas 42 dólares por onza frente a los 4,500 dólares del mercado. Tal decisión podría liberar más de 1.18 trillones de dólares sin necesidad de crear nueva deuda. Otra alternativa que ha surgido es el uso del “oro digital,” como el Bitcoin, donde EE.UU. ya posee más de 250,000 unidades que podrían servir como una reserva estratégica.
La situación actual envuelve al mundo en lo que el historiador Niall Ferguson describe como una segunda Guerra Fría, no con armamentos, sino con reservas monetarias y activos de valor. La estrategia estadounidense, que combina oro, deuda y criptomonedas, resalta el papel fundamental de las stablecoins, cuya valorización está respaldada por bonos del Tesoro. Cada transacción en stablecoins implica indirectamente la compra de activos del gobierno norteamericano, configurando un nuevo escenario para la política monetaria global mientras avanzamos hacia el final de la segunda década del siglo XXI.
Esta pieza revela un momento crucial y transformador en la economía mexicana y estadounidense, invitando a observar con atención el comportamiento del peso y su impacto en el futuro financiero de ambos países.
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