Repentinamente, el taxista uigur ya no podía quedarse a esperar como había prometido. Todo habían sido sonrisas hasta ese momento, cuando recibió una serie de llamadas en el móvil. “Miren, el camino está vallado, ¿no les decía yo? Ya no se puede seguir, las lluvias de hoy han dañado la carretera. Yo me doy la vuelta. Ustedes tienen que volver conmigo, o se van a quedar tirados en el desierto”. Para entonces, ya eran cinco los automóviles que nos seguían en el borde del desierto de Taklamakan, en el sur de Xinjiang, por una carretera solitaria. La que debía llevarnos al santuario del imam Asim.
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Decidimos continuar a pie. Tras las vallas que alguien había colocado apresuradamente, la carretera estaba en perfecto estado. Pero a un par de kilómetros de nuestra meta, media docena de hombres con mascarilla, sin identificarse, nos cortaron el paso. “No se puede continuar”, alegaron, “por la pandemia”. ¿La pandemia? No hay casos de covid apenas en China, ni se detecta ninguno en Xinjiang desde hace casi un año, estamos solos en medio del desierto, vacunados y acabamos de dar negativo en una prueba PCR. No hay riesgo de contagio perceptible. “No se puede continuar”. ¿Ver el santuario aunque de lejos? “No se puede continuar”. ¿No será que el santuario está demolido? “No se puede continuar”.
Durante siglos, la tumba del imam Asim ha sido un lugar de peregrinación tradicional para los uigures, la minoría musulmana de lengua y etnia turcomana originaria de Xinjiang, en el oeste chino. Según la tradición, el imam fue un líder militar que murió hace un milenio en una batalla contra el reino budista que existía entonces en la ciudad oasis de Hotán. La construcción de barro, rodeada de banderas de oración de todos los colores, era uno de los lugares recomendados como imprescindibles en todas las guías turísticas. Las mujeres que deseaban quedar embarazadas acudían a rezarle para suplicar un hijo. Los campesinos, buenas cosechas. Sus festivales en primavera reunían a miles de familias.


