Cuando David Graeber enviaba un mensaje a la fiesta de jubilación de un amigo en 2015, su comentario sobre dejar un “trabajo inútil” resonó en muchas personas. Graeber, en su popular libro, definía “trabajos inútiles” como aquellos que se consideran en su mayoría innecesarios o perjudiciales. Entre sus categorías se incluían flunkies, goons, duct tapers, entre otros, destacando la frustración de muchos trabajadores atrapados en roles que no les brindan un sentido de logro.
Sin embargo, el autor de este texto reflexiona sobre su propia experiencia laboral en Harvard, donde pasó treinta años en un puesto que aunque catalogó como un “trabajo de poca importancia,” le permitía equilibrar sus responsabilidades y su vida personal. Trabajaba seis horas al día, asegurando que no hubiera conflictos de programación entre grupos. Aunque el trabajo no era particularmente emocionante, tampoco resultaba agotador, permitiéndole dedicarse a su verdadera pasión: la escritura y la lectura.
La flexibilidad en su trabajo, combinada con una situación de vivienda afordable en Cambridge antes del aumento de los precios inmobiliarios, le permitió llevar una vida relativamente cómoda. Sin embargo, reconoce que este privilegio no es la norma. Muchos de sus colegas artistas y escritores luchan por encontrar formas de subsistir en un entorno que prioriza los empleos bien remunerados, pero a menudo ineficaces.
La crítica que emerge de esta reflexión es clara: un gran número de personas anhela trabajos modestos y accesibles que les permitan perseguir su verdadera vocación sin sacrificar su bienestar. Aquellos que no poseen el talento para convertir sus pasiones artísticas en carreras lucrativas merecen también empleos que no sean “bullshit jobs”—cargados de estrés y sin sentido.
El autor branding también a Marx, quien, aunque inicialmente prometía un futuro utópico, eventualmente reconoció que la libertad laboral debe basarse en la racionalización y el control comunitario de la producción. En lugar de aspirar a una utopía, la solución podría ser simplemente limitar el trabajo sin sentido a cuatro o seis horas al día. Esta idea cobra relevancia en el contexto actual, ya que a pesar de la creciente productividad, la mayoría de las ganancias han ido a parar a un pequeño porcentaje de la población.
Los trabajos de poca importancia o “chickenshit jobs” podrían ser esenciales para fomentar una vida literaria y artística vibrante. Sin embargo, las políticas neoliberales actuales están transformando muchos de estos trabajos en roles sin seguridad, beneficios o compensación adecuada.
A medida que el autor navega su propio avance hacia la vejez, la pregunta persiste: ¿podrá la verdadera expresión creativa sobrevivir en un entorno cada vez más dominado por el mercado? A pesar de las fallas políticas pasadas, queda la esperanza de que las futuras generaciones logren construir un espacio donde la creatividad no solo pueda florecer, sino también sostenerse a sí misma.
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