No sabemos dónde nació, ni cuándo, la abrupta ausencia de referencias documentales surca su biografía de extrañas lagunas y, para confundir aún más a quienes se empeñen en seguirle la pista, su nombre lo encontramos escrito de maneras y en lenguas muy diversas: Josse, Gosse, Gossequin, Juschino, Jossequin, Josquinus, Josquin, Josquini, Joskin, Jodocus o Judocus su nombre de pila, completado no con su verdadero apellido, sino con el sobrenombre familiar de Desprez, des Prez, des Près, des Prés, de Prés, a Prato, de Prato o Pratensis.
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Pero, aparte de incertidumbres, contamos también con algunas certezas: sus composiciones se difundieron vertiginosamente en copias manuscritas por Europa y América, su nombre figura de manera preponderante en los primeros libros de música impresos en Venecia con tipos móviles por Ottaviano Petrucci en los albores mismos del siglo XVI, sus obras fueron escrutadas y elegidas como ejemplo de perfección por los teóricos musicales renacentistas y su música logró traspasar fronteras religiosas, utilizándose incluso regularmente en contextos luteranos (como la Missa Pange lingua).
Más de tres décadas después de su muerte, tras calificarlo de “músico eminentísimo” en la cubierta de un volumen con quince de sus motetes publicado en París en 1555, sus editores decían en el prólogo poder “nombrarlo con pleno derecho padre de la música, como Homero lo es de la poesía”. Uno de sus mayores estudiosos actuales, el británico David Fallows, ha escrito que “puede que Josquin sea el primer compositor que no fue nunca olvidado”, mientras que Robert Craft lo bautizó en 1978, más ostentosamente, pero no sin fundamento, como “el primer compositor universal”.
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Craft estaba dando cuenta de la publicación de las actas de un congreso celebrado en la Juilliard School de Nueva York en junio de 1971, que cambió para siempre la imagen de Josquin des Prez, convertido desde entonces en la punta de lanza del canon musical occidental y en uno de los compositores más sistemáticamente perquiridos. Organizado por Edward Lowinsky y Bonnie Blackburn, aquel congreso reunió a la flor y nata de la musicología internacional.
Baste citar a algunos de los panelistas de una sesión sobre los problemas que suscita la edición de las obras del compositor: Gustave Reese, Ludwig Finscher, Lewis Lockwood y Arthur Mendel, además del propio Lowinsky. Las casi ochocientas páginas que recogen lo que se trató en Nueva York abrieron la puerta a un aluvión de nuevas investigaciones y, por supuesto, a iniciativas similares, con nuevas conferencias académicas dedicadas monográficamente al músico francés en Colonia (1984), Utrecht (1986), Princeton (1999), la Duke University (el mismo año) y la Roosevelt Academy (2009).
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Pero la bomba estalló en 1997, cuando dos musicólogos (Paul Merkley y Lora Matthews) demostraron documentalmente en el congreso de la Sociedad Internacional de Musicología celebrado en Londres que el Josquin al que se había supuesto en activo como biscantor (cantor de polifonía) en la catedral de Milán a partir de 1459 era otro “Iuschinus” o “Iudochus de Picardia”, el dato que se había tomado siempre como referencia para imaginar una fecha de nacimiento del Josquin cantor y compositor en torno a 1440.
Una reclamación de la herencia de su tío Gille fue la clave para desenredar la maraña biográfica y averiguar su verdadero apellido (Lebloitte), aunque seguimos sin saber la fecha y el lugar exactos de su nacimiento, si bien todos los indicios apuntan a mediados de la década de 1450 y algún lugar del noreste de Francia, muy cerca de la frontera belga, en el triángulo formado por Tournai, Saint-Quentin y Condé-sur-l’Escaut, donde murió en 1521. Pero lo importante es que el descubrimiento de su verdadera identidad obligó a reescribir la historia de sus primeros años, con la consecuencia añadida de que compositores que se habían creído sus émulos y continuadores pasaban a ser ahora prácticamente sus coetáneos.
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Las sucesivas etapas de su carrera son sus años formativos en Cambrai, su primer trabajo en la capilla musical de René d’Anjou en Aix-en-Provence, el período pasado en Milán y Roma al servicio del cardenal Ascanio Sforza, su entrada en la capilla ducal de Milán y —palabras mayores— la capilla papal en Roma o el año casi exacto, entre 1503 y 1504, que vivió y trabajó en Ferrara, en la lujosa corte de Ercole I d’Este.
Entre uno y otro destino hay lapsos, largos y pequeños, hoy por hoy imposibles de rellenar, y tras su partida de Ferrara, con menos de tres décadas de actividad profesional y gracias probablemente a la desahogada posición económica que le procuró la herencia familiar, Josquin volvió a su región natal y vivió durante los 18 últimos años de su vida en Condé-sur-l’Escaut como preboste de la colegiata de Notre-Dame, destruida en 1793 y delante de cuyo altar mayor se hallaba enterrado.


