Por Lya Gutiérrez Quintanilla.
Sí, queridos lectores, desde tiempos inmemoriables, el volcán Popocatépetl que tanto ha cuidado al Valle de México y sus pobladores, –no se conocen erupciones que ocasionen víctimas mortales–,
En restitución ha dado lugar a todo tipo de rituales que le han ofrendado distintos grupos indígenas de diversas entidades y poblados, ya sea para apaciguar su temperamento, como para pedir tierras fértiles o para evitar tormentas que maten cosechas.
El gran volcán, que junto a su pareja el Iztaccíhuatl forma parte del panorama visual del antiguo Altiplano, por lo que ha quedado inscrito en las culturas ancestrales con distintos rrituales que han pasado de generación en generación dando origen a varias leyendas, en una de ellas, ambos volcanes el Popo y el Izta, representaban a un par de amantes, tipo Romeo y Julieta. Este título de mi columna de hoy me lo inspiró el Tlacuache, precioso órgano de difusión del INAH Morelos y cuyo encabezado es el mismo.
En él narra que existen diversas cuadrillas denominadas “los cuidadores del tiempo”, que se dedican a barrer, limpiar y ordenar, tras cada ritual de los varios que se llevan a cabo durante el año y a lo largo de los años. Eso me hizo recordar una escalada no a lo alto del volcán, en mi lejana juventud, sino a un albergue creo ya semi abandonado, llamado Tlamacas, punto obligado para los escaladores del volcán de antaño porque desde ese lugar se podía admirar el flanco norte del volcán incluyendo el entonces glaciar, lo que asemejaba a poder acariciar a la eternidad con esa vista formidable. Además de la leyenda de amor entre ambos volcanes que ha llegado hasta nuestros tiempos, también hay hechos históricos muy curiosos, como el que en 1919 ocurrieron en México dos acontecimientos de enorme relevancia: el asesinato del general Emiliano Zapata y el inicio, fíjense lo que es la vida, de un importante período eruptivo del Popocatépetl que coincidió con el artero crimen del héroe sureño.
El primero, se ha lamentado hasta hoy día, y el segundo hay quienes juegan a relacionarlo con la serie de imparables volutas y pequeñas erupciones que desde entonces han ocurrido, a veces leves, otras no tanto. Opiniones poéticas aparte, ya llevamos 113 años, de que los sucesivos rituales no paran, en los que los asistentes ofrendan todo tipo de objetos y materiales (tangibles o intangibles) y a cambio, Goyo sigue protegiéndolos así como concediendo el beneficio de la vida a todos los poblados que lo rodean tanto en los estados de Morelos como en el de Puebla. Sin embargo, esto no es gratuito, dicen pobladores a través de información que ha pasado de boca en boca, que existen varios rituales como el de los granicereos -también conocidos como tiemperos o misioneros del temporal-, gente que de acuerdo al INAH provienen de distintos pueblos indígenas. Incluso fray Diego Durán, un monje dominico del siglo XVI, que escribió el llamado Códice Durán o “Historia de las Indias de Nueva España e Islas de Tierra Firme”, documento que con todo el conocimiento que obtuvo el monje al llegar a vivir a Texcoco desde los cinco años de edad y conocer la historia de la conquista al dedillo, es el que más se acerca al alma indígena.
Tanto que su códice es conocido como el libro histórico de los aztecas-mexicas. En él narró, dentro del tema de esta columna, escritos relativos al trabajo que realizaban desde entonces graniceros en el entorno natural y que sin embargo, estuvo perdido durante 300 años hasta que a fin de del siglo XIX, un culto viajero hurgando en los archivos de la Biblioteca de Madrid, encontró el códice perdido. Desde entonces se encuentra ya catalogado en la Biblioteca Nacional de España a disposición de investigadores que deseen consultarlo. Y vuelvo a comparar ambos acontecimiento ocurridos en 1919 y sus distintas derivaciones, mientras que en el ámbito histórico, la muerte de Zapata ha sido abordada por innumerables historiadores, los movimientos volcánicos han dado pie a distintas manifestaciones pictóricas como la ocurrida en el Paricutín, donde logró relevancia mundial Gerardo Murillo, el icónico Dr. Atl, quien al volverse fanático de los volcanes, creció en fama.
Es menester narrar los resplandores rojos que desde lejos han avistado pobladores que se han negado a abandonar sus pueblos. Inlcuso se ha dicho que el Dr. Atl, le ofreció su cuerpo al volcán como un sacrificio para que le permitiera seguir pintándolo y que de ahí la pérdida de su pierna. Y hasta el próximo lunes.
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