En 1980, el médico James Fries propuso una idea que podría haber transformado la medicina moderna: más que simplemente prolongar la vida, deberíamos centrarnos en comprimir el período de enfermedad que acompaña a la vejez. Casi cinco décadas después, un reporte reciente de una asociación de escuelas de salud pública en Estados Unidos reafirma este enfoque, introduciendo el concepto de healthspan, es decir, los años en los que se vive de manera saludable. La cifra que acompaña esta urgencia es asombrosa: 38 billones de dólares se podrían asociar a un solo año adicional de vida saludable, un indicativo claro de la importancia de la salud más allá de la esperanza de vida.
Este patrón es visible a nivel global. La edición más reciente de la Carga Global de la Enfermedad (GBD 2023) revela que mientras la mortalidad prematura se vuelve menos predominante, la discapacidad se convierte en un tema más relevante. Aumentamos la cantidad de años vividos, pero un número creciente de esos años se pasa lidiando con enfermedades crónicas, limitaciones funcionales y dependencia.
En México, esta tendencia no es diferente. En las últimas tres décadas, la discrepancia entre la expectativa de vida y los años vividos sin discapacidad ha crecido. El sistema de salud nacional es más eficiente en atender emergencias que en manejar el cuidado a largo plazo de pacientes con condiciones crónicas. Esta disfuncionalidad refleja una jerarquía de valores en el campo clínico, donde el reconocimiento y prestigio suelen ir hacia quienes salvan vidas en situaciones agudas, en detrimento de aquellos que brindan acompañamiento a largo plazo.
Es irónico que, en este contexto, las escuelas de salud pública sean las que lideren el llamado al cambio. Sin embargo, gran parte de su enfoque sigue midiendo el daño y no la salud. Las disciplinas predominantes, como la epidemiología y la administración, se concentran en cuantificar las enfermedades y organizar la respuesta social, en lugar de explorar lo que significa realmente el bienestar.
El capital privado, por su parte, no espera. Se estima que para 2024, la inversión global en “la ciencia del healthspan” se duplicará, superando los siete mil millones de dólares. El impulso proviene de sectores como Arabia Saudita y Silicon Valley, que buscan terapias antienvejecimiento y premian a quienes logren revertir el envejecimiento como si fuera una enfermedad más. Sin embargo, este enfoque corre el riesgo de transformar el concepto de healthspan en una mera oportunidad de negocio.
Los datos demandan una agenda diferente que considere tres direcciones interrelacionadas. Primero, es fundamental ampliar nuestra comprensión del cuidado. Si los años extra que ganamos son años de deterioro progresivo, el enfoque no debe ser solo cuándo morimos, sino cómo vivimos esos años. Esto implica un cambio de la lógica del rescate a una del acompañamiento, evitando la fragmentación del cuidado entre múltiples especialistas que, desconectados, ofrecen soluciones aisladas.
En segundo lugar, se requiere construir diálogo con perspectivas que han estado marginadas. La salud colectiva en Latinoamérica ha argumentado durante décadas que la salud no puede desvincularse de las condiciones territoriales y sociales en las que se vive. Está claro que la enfermedad es una manifestación de relaciones de poder que afectan nuesta calidad de vida.
Por último, la transdisciplina se erige como un objetivo aún más ambicioso. No se trata de formar comités multidisciplinarios, donde cada especialidad aborda el problema desde su propio ángulo, sino de crear un lenguaje común que integre diversas disciplinas en la formulación de preguntas cruciales sobre cómo vivimos. Esto implica ceder autoridad y que todos participen en la construcción de nuevas narrativas sobre la salud.
Como se observa, al vivir más, no hemos resuelto la pobreza mediática de la salud, sino que hemos expandido el tiempo en el que podemos sufrir. El reto que enfrentamos hoy no es solo continuar ganando años, sino también descubrir cómo cuidar efectivamente esos años añadidos. La historia nos ha demostrado que esperar un cambio significativo dentro de las instituciones existentes es un camino complejo. Sin embargo, la necesidad de transformar nuestro enfoque hacia un cuidado más holístico y menos fragmentado es apremiante. La vida se ha alargado, pero el verdadero desafío permanece: cómo cuidamos esa vida ganada.
Gracias por leer Columna Digital, puedes seguirnos en Facebook, Twitter, Instagram o visitar nuestra página oficial. No olvides comentar sobre este articulo directamente en la parte inferior de esta página, tu comentario es muy importante para nuestra área de redacción y nuestros lectores.


