En el año académico 2022-23, una transformación tecnológica llegó a muchas universidades de Estados Unidos: los chatbots y los robots de entrega de comida. Mientras algunos celebraban su llegada como un avance hacia la comodidad, otros, como un profesor de historia en Notre Dame, expresaron su inquietud. En un tono que evoca el debate desde el siglo XIX sobre el impacto de la tecnología en la educación, este académico planteó una cuestión crucial: ¿La escritura tiene que ser un proceso arduo?
A lo largo de la historia, la instrucción en escritura ha sido considerada esencial para el desarrollo del pensamiento crítico, un concepto que se remonta a debates académicos de principios del siglo XX. En 1893, James Jay Greenough advertía sobre el empobrecimiento mental de los jóvenes, provocado por un uso excesivo de jerga. Muchos años después, en noviembre de 1959, los educadores se preocupaban ante la creciente obsesión por las pruebas estandarizadas, que relegaban la enseñanza de la escritura a un segundo plano. En ambos casos, la raíz del problema parecía ser la complejidad de escribir, que, según Henry Chauncey en ese mismo año, era fundamental para articular ideas de manera clara.
La incomodidad que implica el proceso de escribir ha sido reconocida desde hace mucho tiempo. Randolph Bourne, en un artículo de 1912, describió el “trabajo desesperado de escribir”, donde el esfuerzo parecía interminable. Sin embargo, con la llegada de herramientas de inteligencia artificial, esta dinámica ha comenzado a cambiar drásticamente. Los estudiantes que antes luchaban con sus textos comenzaron a optar por este recurso para aligerar su carga, generando una mezcla de resultados dispares que el profesor precisó como “monstruos de Frankenstein” en el aula.
A medida que avanzaba el tiempo y la tecnología perfeccionaba su capacidad, el estilo de escritura de los estudiantes se uniformizó. Los textos que llegaban a los profesores, aunque correctos, se sentían vacíos y menos creativos. La chispa de originalidad que emergía del arduo esfuerzo de la escritura tradicional comenzó a diluirse, dejando un rastro de trabajos más homogéneos y menos arriesgados.
Al cerrar el año, el profesor decidió regresar a lo tradicional: un examen de escritura en clase, utilizando libros de preguntas, para ver el pensamiento de los estudiantes en su forma más cruda. Aunque leer la caligrafía tortuosa de sus alumnos resultó incómodo, también ofreció un alivio. Allí estaban, las ideas en su forma más auténtica, desordenadas pero vívidas, recordando al docente la importancia inquebrantable de la lucha en el proceso de aprendizaje.
La historia de la escritura y la enseñanza no es solo una cuestión de método, sino una reflexión más profunda sobre la humanidad y la conexión intelectual. En un mundo donde la tecnología promete hacer las cosas más fáciles, la pregunta que persiste es si lo que se gana en accesibilidad compensa lo que se puede perder en profundidad y creatividad. Así, el desafío radica en encontrar un equilibrio, asegurando que la escritura siga siendo tanto un arte como una habilidad esencial en la formación del pensamiento crítico.
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