México, un país que presume de su fortaleza exportadora, enfrenta una paradoja inquietante: a pesar de alcanzar niveles récord en su superávit comercial con Estados Unidos, su economía parece estancada. El ingreso real por habitante ha estado prácticamente congelado durante años, planteando la crucial pregunta: ¿cómo puede ser que el comercio exterior fluya con tanta fuerza mientras el bienestar interno no avanza?
Robin J. Brooks, ex economista jefe del Institute of International Finance, ha profundizado en este dilema. Su evaluación señala que, aunque los exportadores mexicanos se regocijan, ese crecimiento no se traduce en una mejora palpable para la mayoría de la población. A pesar de los logros en el sector exportador, grandes áreas del país, como “San Berna” y García en Nuevo León, muestran un panorama muy diferente.
Entre 2015 y 2025, el PIB real per cápita de México apenas creció un 1.6%, en contraste con el 4% de Canadá y un sorprendente 20% en Estados Unidos. Esta diferencia significativa pone de manifiesto el lento avance de México mientras sus vecinos prosperan.
Brooks también indica la existencia de una élite económica en el país, que ha moldeado la política económica para su beneficio, dejando a muchos sin las oportunidades necesarias para prosperar. La política monetaria en México, al igual que en Canadá, ha sido excesivamente restrictiva, llevando a tasas de interés altas que sostienen una moneda fuerte. Esto beneficia principalmente a quienes ya tienen patrimonio, perpetuando la desigualdad.
Mientras tanto, las remesas, un pilar esencial para millones de familias mexicanas, han perdido poder adquisitivo. Aunque el envío de dólares creció más de un 8% en agosto de 2023, los pesos recibidos se contrajeron un 12.5%, evidenciando que, para quienes dependen de estas transferencias, un peso fuerte no siempre equivale a buenas noticias.
En un contexto donde el Banco de México ha reducido su tasa de interés a 6.50%, acercándose a la tasa de la Reserva Federal, Brooks sugiere que este cambio podría facilitar una depreciación gradual del peso, lo que, aunque riesgoso, podría permitir mayor competitividad en un entorno internacional cada vez más proteccionista. La alternativa sería elevar la productividad rápidamente, algo que parece poco probable sin resolver problemas institucionales y de corrupción.
Facilitar la inversión, especialmente en el sector energético, podría ser un camino para abaratar costos y atraer la manufactura. Un peso más débil podría contribuir a un crecimiento que el comercio internacional ha prometido sin cumplir.
No obstante, esta estrategia debe manejarse con precaución. Una devaluación descontrolada podría inflacionar la economía, encarecer las importaciones y generar dificultades para quienes tienen deudas en dólares, un escenario que México ya ha experimentado en el pasado.
Las autoridades de Hacienda y el Banco de México deberán considerar si la actual fortaleza del peso ha tenido un costo que aún no ha sido asumido. Mientras se sigue destacando el “superpeso”, la pregunta permanece: ¿cómo se puede promover el desarrollo y crecimiento del PIB per cápita? Esta es una cuestión crucial que necesita respuestas claras y efectivas para el futuro económico del país.
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