La Selección ha marcado un hito al llegar al quinto partido, dejando a muchos de nosotros reflexionando sobre la energía generada por este evento. ¿Qué hacemos los que estamos fuera del campo? Esta victoria simbólica nos invita a pensar en nuestra propia competitividad en un mundo donde la innovación y la tecnología son cruciales.
Históricamente, en diversos ámbitos empresariales, hemos seguido el ritmo de potencias como Estados Unidos o el Reino Unido. Pero, ¿podemos adelantarles alguna vez? Hay un camino a seguir, uno que, en este tiempo de inteligencia artificial, se asemeja a las fábricas legendarias de inventores.
La invención no es un concepto nuevo, pero su producción en serie sí lo es. En este contexto, la escala de los niveles de preparación tecnológica o TRL, por sus siglas en inglés, se convierte en un punto de referencia clave. Imaginemos que TRL 1 representa una idea embrionaria, como la de diseñar una computadora portátil, mientras que TRL 9 es el producto finalizado que vemos en el mercado, como el último modelo de iPhone. Es en los niveles TRL 4 a TRL 6 donde podemos evidenciar la crucial transición de una mera idea a un prototipo viable en el mundo real.
Esta evaluación fue establecida por la NASA en la década de 1970, y en la actualidad, cobra más vigencia que nunca. Estados Unidos, tras un período de complacencia, ha tomado medidas ante la amenaza de competidores emergentes, como China, que están agresivamente introduciendo productos en el mercado global. Estos incluyen desde tecnología de consumo hasta avances en biotecnología y exploración espacial, convirtiéndose en actores vitales en la economía mundial.
Si esta tendencia continúa, es posible que incluso empresas locales de México, como las cadenas de supermercados, se vean obligadas a adaptarse a nuevas realidades económicas, como depender menos del dólar y más del yuan. Este cambio podría devaluar aún más la moneda estadounidense, un escenario que Washington claramente desea evitar.
Para contrarrestar este panorama, el enfoque debe centrarse en la innovación. Recientemente, se debatió en Washington respecto al Proyecto Génesis, impulsado desde el Departamento de Energía de EE. UU., que coordina importantes laboratorios nacionales. Este esfuerzo destaca la importancia de la energía en la innovación, recordándonos que toda máquina depende en gran medida de fuentes energéticas.
¿Qué papel jugará México en este escenario? La inacción tendrá un costo. El país importa productos tecnológicos, de entretenimiento y medicina, dejando poco espacio para el desarrollo de marcas nacionales que aporten al crecimiento interno. Un ejercicio de reflexión revela cuántos de estos productos son en realidad estadounidenses y cómo esto afecta la economía local.
El panorama no es del todo desalentador. México tiene el potencial de avanzar, especialmente en los niveles de TRL. Con la formación de cientos de miles de ingenieros en instituciones como el TecNM, un futuro prometedor podría estar al alcance. Aunque la infraestructura y los recursos son importantes, la clave radica en la organización y la determinación de los actores locales.
El llamado es urgente y va dirigido a todos, desde los que celebraron el gol de Quiñones, hasta aquellos que ofrecen servicios en el mercado. La tarea es unir esfuerzos para impulsar la innovación y aprovechar la creatividad local, en vez de esperar pasivamente el cambio. La oportunidad está servida; ahora es el momento para actuar y construir un futuro donde México no solo sea un consumidor, sino también un innovador en el ámbito global.
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