En el contexto de la política mexicana, surge un interrogante crucial: ¿qué define realmente a un Estado fuerte? No se trata simplemente de la capacidad de ejercer la fuerza, sino de la eficacia de sus instituciones para preservar la convivencia social y mediar diferencias mediante un sistema legal sólido. Esta reflexión se ve reflejada en la evolución histórica de México, donde la Revolución Mexicana estableció instituciones que fomentaron un régimen que, aunque autoritario, supo cooptar en lugar de reprimir.
La célebre frase de Napoleón, “uno puede hacer lo que quiera con las bayonetas menos sentarse sobre de ellas”, resuena en este análisis. Los regímenes militares, carentes de legitimidad, no pueden sostenerse a largo plazo sin el reconocimiento de la sociedad. Entre 1997 y 2018, la democracia mexicana intentó desmantelar vestigios del antiguo régimen autoritario, aunque no logró establecer un modelo alternativo sólido.
La llegada de Andrés Manuel López Obrador y la Cuarta Transformación (4T) marcó un giro hacia una reconstrucción del autoritarismo centralizado. Este nuevo enfoque, a diferencia del presidencialismo del PRI, depende de la figura de AMLO, la distribución masiva de recursos y la eliminación de toda oposición, lo que pone en tela de juicio la viabilidad democrática en el país.
Además, la falta de líderes profesionales que respalden la 4T y la erosión de la burocracia de carrera han debilitado profundamente al Estado mexicano, aun con la concentración de poder en la figura presidencial. Desde el 2018, los grupos criminales han expandido su influencia, afectando considerablemente la presencia del Estado en diversas regiones del país.
Por otro lado, Claudia Sheinbaum se encuentra ante el dilema de ser la primera mandataria con poder formalmente concentrado, pero con la realidad de que sus órdenes y planes a menudo parecen inalcanzables. La desintegración institucional provocada por sus predecesores y por ella misma se traduce en una fragilidad política alarmante.
Así, en este complejo entramado político, se plantea un futuro incierto, donde la ambición de poder puede estar sellando un destino de autodestrucción para el aparato del Estado. La historia reciente de México demuestra que un liderazgo carente de bases institucionales firmes no solo es insostenible, sino que también corre el riesgo de despegarse de las necesidades y expectativas de su sociedad.
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