La economía mexicana atraviesa un momento complejo, marcado por una expansión del Producto Interno Bruto (PIB) de apenas 0.8% al cierre de 2025 y una inflación que se sitúa en un 3.69%. En este contexto, es difícil, si no imposible, hablar de un panorama positivo. El diagnóstico apunta hacia una lento-inflación, un término que resume el estancamiento económico que experimenta el país.
En los últimos años, la economía ha mostrado una expansión tan mínima que no logra ni siquiera equipararse con el crecimiento poblacional. Este escaso aumento en el PIB per cápita se traduce en niveles similares a los de 2017, lo que invita a reflexionar sobre las causas de este estancamiento. A medida que se inicia 2026, los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) presentan una caída preocupante en la inversión en maquinaria y equipo. Tanto consumidores como inversionistas adoptan una postura de “esperar y ver”, lo que no contribuye a la reactivación económica.
La situación inflacionaria también se complica. Con una inflación general que se eleva a 4.02%, este valor sale de los márgenes de tolerancia establecidos por el Banco de México (Banxico). Se anticipan efectos adicionales debido al conflicto en el Medio Oriente, que potencialmente impactará los precios del sector energético.
En este contexto, se observa que sin un marco adecuado para manejar las expectativas inflacionarias, la depreciación del peso frente al dólar, que ronda los 18 pesos, se convierte en un justificativo para aumentar los precios. Esto afecta a los consumidores, quienes ya enfrentan incrementos en los precios de gasolina, gas y otros combustibles, así como materias primas esenciales.
La Junta de Gobierno del Banxico tiene un delicado papel que desempeñar. Presionado por la inflación y el aumento de precios, se enfrenta a la necesidad de enviar un mensaje de prudencia al decidir sobre las tasas de interés. Continuar con una política de bajas tasas podría jugar en su contra, enviando señales de desconfianza a los mercados.
A pesar de los elevados niveles de empleo, con una tasa de desocupación que resultaría envidiable para muchos países de la OCDE, la realidad es más matizada. Aproximadamente 55% de la población opera en la informalidad, lo que limita las oportunidades de acceso a ingresos dignos. La amenaza de una estanflación se cierne sobre el país, aunque aún no se ha materializado en cifras exactas. La lento-inflación que caracteriza hoy a la economía es un recordatorio amargo de los desafíos que persisten.
La senda de recuperación económica demanda acciones firmes y decisivas. La responsabilidad recae en todos los actores involucrados, desde el gobierno hasta los consumidores y empresarios, para revertir esta tendencia de estancamiento que afecta a México. La proactividad en inversión, la gestión de expectativas inflacionarias y la modernización de la economía son pasos cruciales hacia un futuro más esperanzador.
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