La reciente Estrategia de Cambio Climático presentada por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) ha suscitado críticas debido a su perfil retórico y descriptivo, caracterizado por un conjunto de declaraciones aspiracionales. Este enfoque parece estar impregnado de ideología “Woke”, lo que se evidencia en el uso de imágenes turísticas y folclóricas que desentonan con la seriedad que demandan las políticas climáticas.
Un aspecto preocupante es la falta de participación de altos funcionarios de diversas secretarías —como la de Energía, Economía, la Comisión Federal de Electricidad o Pemex— en la presentación de esta estrategia. La ausencia de representantes de sectores clave como industria, agricultura y finanzas es alarmante, ya que las estrategias climáticas deberían actuar como guías para el desarrollo económico sostenible y la competitividad. Este desinterés o posible desaire del gobierno resalta una preocupante falta de liderazgo y coordinación en la administración pública.
La mitigación del cambio climático requiere una reducción sustancial de emisiones, cuya evaluación precisa se realiza a través de un Inventario Nacional de Emisiones que desglosa la responsabilidad de los sectores económicos. En México, más de 700 millones de toneladas de CO2 equivalente se emiten anualmente, siendo los sectores más contaminantes el transporte automotor, la generación de electricidad, la industria del petróleo y gas, y la ganadería, entre otros. Cada uno de estos sectores debe ser analizado específicamente a través de modelos económicos que permitan establecer metas de reducción de emisiones efectivas en el tiempo.
La Estrategia Nacional de Cambio Climático, sin embargo, adolece de un enfoque integrador que abarque sectores críticos como el transporte, la movilidad y la agricultura. Las declaraciones aspiracionales carecen de contenido tangible en términos de inversión en energías renovables, generación eléctrica y políticas de deforestación y restauración forestal. La falta de proyecciones creíbles sobre la capacidad de generación eléctrica a partir de energías limpias, sumado al impacto negativo de contrarreformas energéticas, limita la eficacia de cualquier intento para abordar el cambio climático.
Si bien el documento ofrece un inventario de emisiones, este resulta inconsistente y no se relaciona adecuadamente con el Registro Nacional de Emisiones. Aun más problemático es que no se presentan elementos concretos para aplicar políticas climáticas efectivas, como impuestos al carbono o incentivos para la descarbonización industrial. Así, la afirmación de que se logrará una reducción del 35% en las emisiones para el 2030 se presenta como un acto de prestidigitación sin fundamentos sólidos.
En términos de adaptación al cambio climático, no se delinean planes claros para infraestructura esencial que proteja áreas vulnerables ante desastres naturales, ni garantías para el suministro de agua. Aunque el documento menciona “perspectivas de género” e “interseccionalidad”, su enfoque parece alejado de las demandas urgentes del contexto climático actual.
Es crucial que las políticas climáticas en México se orienten hacia acciones concretas y efectivas, creando un marco coherente que integre todos los sectores involucrados, garantizando así un desarrollo sostenible y resiliente a largo plazo. La Estrategia de Cambio Climático debe trascender la retórica y convertirse en un plan de acción que respalde su implementación con objetivos claros y medibles.
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