La necropolítica, fenómeno contemporáneo que prioriza intereses económicos y políticos por encima de las necesidades humanas básicas, se manifiesta hoy en el contexto de intervenciones bélicas injustificadas. Este paradigma pone en riesgo no solo la vida de civiles, sino que produce secuelas devastadoras en los ámbitos material, psicológico y ecológico. La falta de diálogo y el incremento de discursos de odio son efectos directos de un enfoque militarista que consume recursos que podrían haberse destinado a mejorar el acceso a la educación, la salud, la vivienda y el impulso a energías limpias.
En medio de la confusión informativa acerca del potencial nuclear de Irán y las justificaciones de Israel y Estados Unidos para realizar “ataques preventivos”, es relevante recordar la intervención militar de Estados Unidos en Irak en 2003. Ese contexto, marcado por el choque post-9/11, permitió a George W. Bush argumentar que el régimen de Saddam Hussein poseía “armas de destrucción masiva”. Sin embargo, la veracidad de estas afirmaciones fue cuestionada. Los efectos de esta guerra se tornaron devastadores, dejando tras de sí un panorama desolador para la población iraquí y una industria armamentista floreciente.
Las consecuencias de estas intervenciones se evidencian en cifras alarmantes: 40 años de conflictos han resultado en 2.8 millones de refugiados afganos, además de millones desplazados internos. La situación en Irak también es crítica, con más de 100,000 iraquíes y 4,500 soldados estadounidenses fallecidos, y un costo militar que se estima en 800,000 millones de dólares solo para Estados Unidos. Esta historia se repite en números: 457,161 refugiados iraquíes y 1.4 millones de desplazados internos a fines de 2024.
Además de las tragedias en los países atacados, los efectos colaterales también se han sentido en territorio estadounidense. El patriotismo exacerbado y la normalización de la vigilancia bajo el Patriot Act de 2001 han permitido un clima de miedo y censura. Estos cambios sociales, impulsados por políticas enérgicas, han sido justificados desde una perspectiva militarista que valora el poder por encima de la vida.
Las declaraciones de figuras políticas, como la de Bush sugiriendo que ser un destacado líder implica mostrarse como un “comandante en jefe”, subrayan la ética cuestionable detrás de tales decisiones. Aun en el caso de que existan motivos legítimos para intervenir en Irak, el uso de medidas destructivas y contaminantes es tanto ilegal como una amenaza para la humanidad.
Es crucial entender que las guerras no son simples eventos debidos a decisiones estratégicas; son devastadoras e impactan vidas, recursos y el medio ambiente. Cada una de estas intervenciones tiene un saldo que pesa principalmente sobre los más vulnerables, aquellos que, en un mundo en crisis política, pagan el precio de decisiones que muchas veces parecen desconectadas de la realidad humana.
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