“It’s coming home. It’s coming home. It’s coming. Football’s coming home” El estribillo de Three Lions, compuesta por los cómicos David Baddiel y Frank Skinner junto a la banda Lightning Seeds, acompañaba a la selección inglesa en su Eurocopa de 1996. Pero las notas se apagaron tras la semifinal, pues un penalti errado ante Alemania por el seleccionador Southgate apartó a los pross de su primera final en una Eurocopa.
Un disgusto que ha equilibrado porque ahora puede presumir de llevar a Inglaterra al duelo definitivo, con Italia al otro lado de la red. Por lo que la canción de Sweet Caroline de Neil Diamond sigue atronando en Wembley —suena cuando pisan el césped— y en las calles. Y en este equipo no hay nadie que esté más de dulce que Sterling, también un Kane que ha ido de menos a más. Aunque Dinamarca, con una falta de Damsgaard y con Schmeichel bajo palos, casi explica lo contrario.
En uno de esos días de asueto de la concentración danesa, el técnico Hjulmand se enfrentó a un juego que consistía en reconocer a sus jugadores a través de fotos suyas de críos. No falló una. Y cuando le enseñaron la última, sonrió y cuestionó: “¿No eran fotos de niños?”. Una broma para Damsgaard, de acentuados rasgos faciales infantiles. Pero con las botas puestas hace que el fútbol sea un juego de niños. También un martillo para Inglaterra, único en batirle en la Euro ya que sumaba los cinco duelos impolutos. El laurel se lo llevó con esa falta, dura y por encima de la barrera que Pickford no alcanzó.
Una afrenta que no podían dejar pasar Sterling y Kane en su casa, en Wembley. El primero se crió a escasas tres calles del estadio y le bastaba con mirar por la ventana para soñar con defender la camiseta que ahora luce; el segundo jugó durante unos cuantos meses allí el tiempo que el Tottenham acababa las obras de su nuevo estadio. Y eso que ante la sensacional muralla defensiva danesa —Vestergaard, Kjaer, Christensen— resultaba complicado.
Kjaer lo explicó al demostrar los caprichos del fútbol en dos jugadas de igual profesionalidad con suerte dispar. En la primera, saltó en la barrera y, con los ojos abiertos —algo impensable en el fútbol amateur— remató el disparo con un cabezazo. En la segunda, trató de evitar el tanto de Sterling en boca de gol y marcó en propia puerta. Culpa del chico del barrio. Pero esa jugada, como casi todas las demás de Inglaterra, tuvo su catapulta en Kane, que pretendía iniciar y hasta poner el punto final del fútbol colectivo.
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Ocurrió que Hjulmand quitó a Damsgaard poco después de la hora y Dinamarca se apagó en ataque. Pero es que a mayor golpe, mejor respuesta de la selección danesa, como explicó tras el adiós forzado de Eriksen por el paro cardíaco que sufrió ante Finlandia, ahora a expensas de saber si podrá volverse a vestir de corto. Sterling corría y lo intentaba con sus diagonales, ahora desde la derecha porque Southgate movió pieza al poner a Grealish; y Kane mostraba la palanca que movía a Inglaterra, un pájaro carpintero que aparecía en las zonas que no se le esperaban, delantero de gatillo fácil aunque insuficiente [en esos momentos] para superar a Schmeichel. No fue el único que se quedó con las ganas.


