Hace años que la crisis climática se perfila como una de las amenazas más apremiantes de nuestro tiempo. A pesar de la creciente alarma y el clamor por acciones concretas, muchos aún se preguntan no solo qué va a ocurrir, sino cómo abordar esta narrativa ineludible. La reciente película de Alejandro González Iñárritu, que llegó a las salas el 2 de octubre de 2026, plantea esta cuestión desde una perspectiva sorprendentemente comedida.
La historia comienza con un sonido inquietante: el chirrido de grillos y la liberación de una burbuja de metano en Groenlandia, provocada por la perforación de la compañía Rockwell United. Este metano, en su forma metálica y brillante, desencadena una serie de desastres naturales, incluidos un iceberg que se desplaza hacia Noruega y una inundación devastadora. En este contexto, el propietario de la compañía, Digger Rockwell, interpretado por Tom Cruise, se enfrenta a su inminente ruina mientras decide priorizar la manipulación mediática en lugar de intentar mitigar el desastre.
A medida que avanza la trama, la película revela que todo lo que hemos presenciado es, de hecho, un ensayo de obra de teatro llamado “Fossil Fools”, situada en un futuro donde la supervivencia exige el uso de máscaras antigás. Iñárritu, en esta transición, invita a la audiencia a reflexionar sobre cómo las generaciones futuras podrían narrar nuestra actual inacción ante el clima.
La magistral cinematografía de Emmanuel Lubezki cobra vida a través de un uso innovador del carrete de 35 mm y el formato VistaVision, brindando una experiencia visual rica y envolvente. Con el auge de la nitidez y el declive de colores vibrantes, los espectadores son llevados en un viaje visual desde el paisaje natural intacto del siglo XIX, hasta una representación industrializada de la naturaleza que sugiere una urdimbre de consumo.
Los planos iniciales, llenos de calidez y una textura granulada, contrastan con la claridad perturbadora del teatro donde se lleva a cabo la obra. Mientras los personajes discuten sobre la crisis, la impotencia de sus palabras se hace evidente: lo que realmente resuena son las imágenes que, en su silencio, articulan la gravedad de la situación. A través de monólogos potentes, como el de Cruise, se expone la contradicción de la responsabilidad compartida: el verdadero costo del desastre no solo recae sobre los poderosos.
La película culmina en un diálogo que pone de relieve la complicidad de todos en la crisis ambiental, señalando que quienes consumen combustible son tan responsables como las corporaciones que lo producen. Este alegato se contrapone a la bella representación artística que Iñárritu ha tejido a lo largo de la obra, revelando una inquietante paradoja: a pesar de lo estéticamente agradable de la experiencia, la esencia del mensaje está en su cruda realidad.
Con el cierre, la película recuerda la famosa obra de Damien Hirst, cuyo tiburón en formol detiene el tiempo en el delicado equilibrio entre la vida y la muerte. El paralelismo es claro: así como la humanidad enfrenta la catástrofe climática, se halla atrapada en una especie de apreciación distante y privilegiada del horror. Iñárritu nos desafía a confrontar nuestro lugar en esta narrativa trágica, instando a una reflexión sobre quiénes pueden permitirse mirar la catástrofe desde la distancia.
En un giro de 2026, queda claro que el tiempo apremia y que la necesidad de una respuesta significativa nunca ha sido más urgente. La obra de Iñárritu actúa como un espejo que refleja no solo los problemas del presente, sino también los dilemas de una sociedad que, atrapada en el espectáculo y la belleza, se aferra a una visión distorsionada de su propia destrucción.
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