Lo veía de vez en cuando, solo, serio, dándole coba al cafelito matutino en la única mesa con sol del bar donde también yo me chuto la primera dosis de cafeína, y lo maldecía bajito por haberme quitado el mejor sitio. Era un señor mayor como tantos, instalado en esa edad en la que más brillan los ancianos a los que la enfermedad perdona, si alguien se molestara en mirarlos. Pero él era distinto. A diferencia de otros parroquianos, abducidos como yo por el móvil, él miraba al infinito y, a ratos, escribía cosas en una libretilla de esas como de apuntar la cita con el médico para que no se te olvide. Alguna vez cruzamos las miradas y, entonces, bajaba yo la mía como pillada en falta por invadir la intimidad ajena. Me picaba la curiosidad, claro, pero el prurito me duraba lo que tardaba en ventilarme el café con leche hirviendo, meterme en la vorágine diaria y olvidarme del viejo hasta la próxima, como se relega lo importante por lo urgente hasta que no tiene remedio. Hasta hoy mismo.
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