La guerra ha pasado de ser una realidad distante a convertirse en una presencia constante en la vida cotidiana, especialmente en el contexto ucraniano. Mientras imágenes de bombardeos y víctimas mortales inundan las pantallas de millones, los artistas Roman Khimei y Yarema Malashchuk invitan al espectador a contemplar la vida más allá del caos. En su exposición “Pedagogías de guerra”, que se puede visitar hasta el 21 de junio en el Museo Thyssen de Madrid, los artistas nos proponen una reflexión sobre cómo la violencia no solo se manifiesta en la destrucción, sino que reconfigura la cotidianidad de quienes la viven.
La primera parte de la exposición establece un contraste poderoso: mientras que el silencio y el sonido de la naturaleza predominan, los artistas escenifican imágenes perturbadoras a través de su propio cuerpo, representando a los soldados caídos que se confunden con el paisaje de los Cárpatos. Esta obra, “The Wanderer”, fue creada poco después del comienzo de la invasión a gran escala por parte de Rusia. La complejidad de la realidad se convierte en un laberinto surrealista donde la brutalidad habitual de los conflictos se diluye en la calma natural.
Khimei y Malashchuk subrayan que, en un contexto de caos, la línea entre la realidad y la ficción pierde su relevancia. En su trabajo, no buscan simplemente documentar lo que está ocurriendo, ya que sienten que la realidad que desean retratar “ya no existe”. En cambio, se alejan de las escenas violentas comunes y se enfocan en lo “normal”, elevando lo cotidiano a un nivel casi surrealista, buscando un nuevo tipo de conexión con su audiencia.
La exposición también incorpora un ciclo de cine en la Filmoteca Española, donde sus cortometrajes se combinan con películas de la vanguardia ucraniana. En la obra “Open World”, los espectadores son llevados a través de un viaje virtual donde un joven desplazado teledirige un perro robot a través de las calles que una vez conoció. Esta videoinstalación, que carece de violencia visible, expresa el sufrimiento por la distancia y el desarraigo, sumergiendo al público en un “bucle de violencia invisible”.
Cada una de las cuatro instalaciones de la muestra refleja la complejidad del dolor que acecha a quienes viven en este escenario bélico. “You Shouldn’t Have to See This” presenta a niños que, mientras duermen, han sido víctimas de la violencia de la guerra; un recordatorio de los más de 20,000 menores que han sido trasladados a la fuerza a territorio ruso y luego devueltos. Este tipo de representación empuja al espectador a una posición de testimonio activo, conectando la empatía con la responsabilidad.
Aunque la exposición parece ofrecer una lección sobre el conflicto, Khimei y Malashchuk enfatizan que el arte no busca enseñar, sino actuar como una herramienta para propiciar una reflexión más profunda. La pedagogía que proponen se asemeja a un “carnaval”, en el que se rompen las estrictas divisiones de la guerra, permitiendo explorar nuevos roles y perspectivas.
En su pieza final, “We Didn’t Start This War”, el título refleja la lucha colectiva de un pueblo que enfrenta una amenaza constante. La obra muestra escenas de la vida cotidiana en Kiev, interrumpidas por incidentes inesperados que rememoran la fragilidad de la normalidad en tiempos de crisis. Los artistas se esfuerzan por resaltar la importancia de lo sencillo y lo rutinario, sugiriendo que, en medio del desorden, la felicidad puede encontrarse en lo mundano.
En resumen, la exposición “Pedagogías de guerra” es un poderoso llamado a la reflexión sobre la cotidianidad en medio del conflicto. A través de sus instalaciones, Khimei y Malashchuk nos invitan a mirar más allá de la violencia y a encontrar nuevas maneras de conectar con la humanidad detrás de los titulares, recordando que, a veces, es en lo trivial donde se oculta el verdadero dolor y la resistencia del ser humano.
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