La banda Ezra Collective está formada por miembros nacidos entre los años 90’s, con una gran inspiración comenzaron la agrupación hasta tocar para Steve McQueen.
Lo que ocurrió en ese centro de aprendizaje no fue que únicamente se encontraran, sino que crecieron como colectivo y como banda tan vertiginosamente que, seis años después, lideran una especie de movimiento subterráneo decidido a devolverle el jazz a la gente. A desintelectualizarlo y llevarlo a la pista de baile. ¿Cómo? Mezclándolo con el afrobeat, el hip hop, el soul, el góspel e, incluso, en su segundo, luminoso y expansivo álbum, Where I’m Meant To Be (Partisan / Pias), sonidos caribeños, “afrocubanos”, en palabras del bajista Tobi Koleoso, su portavoz por un día, más conocido como TJ.
Lleva una especie de turbante de faquir lila en la cabeza. Detrás de él hay una ventana sin vistas. Está en Londres, en su oficina, dice, cuando descuelga la videollamada. En la iglesia, dice también. En su perfil de Twitter se define como “cristiano y del Arsenal”. Creció en el norte de Londres y acabó siendo músico por accidente. “Con mi hermano era distinto. A los tres años ya tocaba la batería de una forma increíble. Siempre tuvimos claro que sería músico. Yo en cambio no sabía lo que quería. Tuve una banda de rock en el instituto. Por entonces me gustaban los Red Hot Chili Peppers, Foo Fighters, Arctic Monkeys. Soy el único de Ezra que no ha estudiado música. Fui a la universidad, pero estudié Fisioterapia. Luego un día me di cuenta de que podía hacer feliz a la gente así, que podía servir al mundo de esta manera. Creo que es importante tener un propósito. Darle sentido a lo que haces. La pasión no es tan importante como el sentido cuando te dedicas a esto”, explica.
Su hermano es Femi Koleoso (batería también de Gorillaz), el líder de la banda. Los que la completan son Joe Armon-Jones al teclado, el trompetista Ife Ogunjobi y James Mollison al saxo tenor. Where I’m Meant To Be es lo que pasó después de que todo despegara y se detuviera. “El confinamiento y la pandemia nos mandó de vuelta a casa cuando parecía que éramos imparables. Fue como si alguien pulsara un enorme botón de pausa”, dice TJ. Su primer disco, You Can’t Steal My Joy (2019), grabado en un día y medio, estaba siendo alabado en todas partes, y de su actuación en Glastonbury se dijo que había llevado al jazz a un lugar en el que jamás había estado antes. “Este género es una conversación en marcha, que quizá lleva demasiado tiempo no haciendo otra cosa que mirar atrás. Está bien rendir tributo a tus predecesores y tocar canciones de hace 50 años, pero también está bien aportar algo nuevo. Con Tomorrow’s Warriors nos dieron permiso para formar parte de esa charla. Para continuarla, a nuestra manera”, asegura.
La forma en que están haciendo que el jazz crezca y se expanda tiene mucho que ver con lo que ocurre en temas como ‘Victory Dance’ o, por qué no, ‘Welcome to my World’, dos himnos —más salsero el primero, más afrobeat el segundo— en los que el jazz es la paleta sobre la que superponen, o explotan, una siempre feliz colección de géneros. “El álbum en sí es una celebración de lo que somos, y del camino en el que estamos, del viaje mismo que constituye la idea de estar vivos. Vivimos en un mundo en el que no dejamos de compararnos con los demás. Las redes sociales hacen que nos pasemos el día deseando estar en otro lugar, o ser otros. Pero ¿qué hay de lo que somos, y dónde estamos? No hay que celebrar el destino porque el destino nunca llega. Hay que celebrar el viaje. Apartar el mal rollo. La oscuridad. La tristeza. De eso va el sonido de Ezra Collective”, sentencia Koleoso.
La forma en que se componen esos pequeños universos con aspecto de canción, y a ratos, pedazo narrativo de efervescente jam session, ha cambiado. Y a la vez no lo ha hecho, dice TJ, responsable de, entre otros, el envolvente tema que canta Emeli Sandé, ‘Siesta’, puro furor contenido. “No ha cambiado en el sentido de que somos conscientes de ser un colectivo formado por individuos que conciben la música de forma muy distinta. Y cada uno de nosotros compone por separado. Lo que ocurre luego cuando llegamos al estudio es que los demás mejoran las partes en las que no somos tan buenos. Es decir, yo puedo hacer un tema completo, con no sólo mi bajo, sino la batería, la melodía, todo. Y al llegar, todo cambia cuando lo ponemos en común”, explica. ¿Y cómo ha cambiado? “Ha cambiado en la cantidad de tiempo que podemos dedicarle. Y los recursos. El primer EP lo grabamos en cuatro horas. Este álbum, en dos semanas. Y sé que es poco, pero para nosotros es un montón”, responde.
Haber crecido en Londres, dice, le ha abierto la mente. A cualquiera se la abre. “La cantidad de culturas que conviven en Londres te permite crecer sin prejuicios y abierto a todo”, dice. Que el jazz nunca haya estado particularmente de moda en la ciudad como lo estuvieron el punk, o el britpop, no quiere decir que no esté a punto de estarlo ahora. “El jazz está ascendiendo ahora mismo, está a punto de explotar, creo que por fin ha vuelto a llegar su momento”, dice sonriendo. “El ser humano necesita la música. El directo. Y eso es lo que cambia con el tiempo. El tipo de directo que la gente quiere escuchar. El que predomina es la música que se considera que está de moda. Y la gente que en los ochenta escuchaba rock, ahora escucha jazz. Ningún género muere nunca. Mientras puedas escucharlo, sigue vivo. Y ocupa su lugar en función del momento que vivimos”, asegura. Lo que está claro es que Where I’m Meant To Be, álbum que presentarán en España el 1 (Madrid) y el 2 de febrero (Barcelona), podría tener parte de culpa en ello.
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