Ximena Esther González Gerónimo, alumna de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT), ha sido víctima de una tragedia que ha encendido una profunda reflexión sobre la violencia escolar en instituciones educativas. El pasado 12 de febrero de 2026, Ximena, estudiante de Derecho en la División Académica de Ciencias Sociales y Humanidades, cayó del techo del auditorio del Campus Bicentenario, lo que resultó en que fuera declarada con muerte cerebral tras ser trasladada al Hospital Gustavo Rovirosa.
La familia de Ximena ha denunciado que la joven era víctima de bullying en la universidad. Además, revelaron que había escrito una carta solicitando un cambio de turno debido al acoso, sin embargo, no recibió el apoyo necesario de las autoridades de la UJAT. Este desgarrador suceso pone de manifiesto una serie de preocupaciones sobre la atención que reciben los estudiantes que enfrentan situaciones de violencia en el ambiente escolar.
En la trayectoria de eventos, la familia de Ximena ha señalado una aparente falta de atención y negligencia por parte de la universidad. Se destaca que no se activaron los protocolos preventivos, que se ignoraron las solicitudes previas para su cambio de turno, y que, tras su caída, fue trasladada al hospital equivocado, lo que plantea serias preguntas sobre la efectividad de los sistemas de apoyo y emergencia disponibles en la institución.
En respuesta a las críticas, la UJAT emitió un comunicado lamentando la pérdida de la joven e insistiendo en que cuentan con protocolos de atención ante acoso escolar. Sin embargo, las autoridades afirmaron que no se activaron en este caso específico porque no se había recibido ninguna denuncia formal ni solicitud de cambio de turno registrada.
Este caso ha dejado en la comunidad universitaria y en la sociedad en general una sensación de inquietud. A medida que se cuestionan los sistemas de prevención y atención a situaciones de acoso escolar, la historia de Ximena presenta un llamado urgente a la acción. La tragedia resalta la necesidad de crear espacios seguros en las instituciones educativas, donde los estudiantes puedan expresar sus preocupaciones sin temor a represalias.
Este acontecimiento, que ha tenido un impacto emocional en la comunidad, pone en el centro del debate la necesidad de que las instituciones educativas refuercen sus protocolos para abordar la violencia escolar con seriedad y compromiso, garantizando así la seguridad y bienestar de todos sus alumnos. La historia de Ximena no debe ser solo un recordatorio de una pérdida, sino un impulso hacia un cambio real en la forma en que se enfrenta el acoso en las aulas.
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