Yayoi Kusama, una figura emblemática del arte contemporáneo, falleció a los 97 años el 14 de agosto de 2026, debido a una insuficiencia múltiple de órganos en un hospital de Tokio. La noticia de su muerte fue confirmada por su galería de representación, David Zwirner, el 27 de agosto, marcando el fin de una era para una artista que dejó una huella imborrable en el mundo del arte.
David Zwirner, quien representó a Kusama durante 15 años, expresó su pesar en un comunicado. Recordó la última visita de Kusama a Nueva York en 2013, donde sus exposiciones atrajeron largas filas de admiradores. En ese momento, la artista era sin duda la más famosa en el panorama artístico contemporáneo. Su trabajo, caracterizado por obsesivas repeticiones de puntos y redes, se convirtió en un medio para expresar una idea de infinito que resonó en diversas culturas y estilos artísticos.
Nacida en Matsumoto, Japón, Kusama creció como la hija menor de una familia dedicada a la agricultura. Desde temprana edad, empezó a experimentar alucinaciones visuales, que ella describió como “flashes de luz” y “campos densos de puntos”. Estas experiencias la llevaron a la práctica del dibujo, sentando las bases de su carrera como artista. Su primer gran reconocimiento llegó cuando tenía 19 años, al inscribirse en la Escuela Municipal de Artes y Artesanía de Kioto, donde estudió nihonga, o pintura tradicional japonesa.
En 1957, impulsada por el deseo de expandir sus horizontes artísticos, Kusama se trasladó a Estados Unidos. A lo largo de su carrera en Nueva York, creó la famosa serie de cuadros “Infinity Nets”, que reflejaban su concepto de “auto-obliteración”, disolviendo las barreras entre el yo y el mundo circundante. Sus exposiciones en galerías de la ciudad lograron captar la atención de críticos y artistas de renombre, como Donald Judd y Frank Stella.
En 1965, Kusama presentó “Infinity Mirror Room—Phalli’s Field”, una obra que se convirtió en un hito en su carrera. Durante los tumultuosos años 60, su arte se entrelazó con el activismo, llevando a cabo encuentros donde usaba el cuerpo desnudo como lienzo, cubriendo a los participantes con sus emblemáticos puntos de colores. Su actuación en la Bienal de Venecia en 1966, donde exhibió “Narcissus Garden” sin una invitación formal, provocó un debate sobre la tensión entre arte y comercio.
Después de pasar 16 años en Estados Unidos, regresó a Japón en 1973. Sin embargo, su regreso estuvo marcado por el escaso reconocimiento crítico de su trabajo durante esa época. Fue a partir de la década de 1980 que su legado comenzó a ser reevaluado, culminando en su selección como representante de Japón en la Bienal de Venecia de 1993. Este evento sería decisivo para consolidar su reputación tanto en Japón como en el escenario internacional.
En sus años recientes, Kusama continuó desafiando las expectativas, produciendo miles de obras hasta los 90, incluyendo la serie “My Eternal Soul” que abarcó desde 2009 hasta 2021. Su estética, caracterizada por colores vibrantes y patrones repetitivos, se volvió un fenómeno global, logrando colaboraciones destacadas, como con la casa de moda Louis Vuitton.
Con una carrera que abarca más de siete décadas, Kusama recibió numerosos premios y reconocimientos, incluido el Praemium Imperiale y el Orden de la Cultura de Japón. Se mantuvo activa en su compromiso con el arte, buscando que sus puntos sigan proliferando para transmitir un mensaje de amor y conexión a futuras generaciones. En sus palabras, la artista anhelaba que su legado continuara “sin fin”.
El impacto de Yayoi Kusama en el mundo del arte es incuestionable y su legado perdurará, inspirando a nuevas generaciones a abrazar la creatividad en todas sus formas.
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