La temporada de Miss Universo suscita un intenso debate cada año, dividiendo a la opinión pública en dos grupos. Por un lado, están aquellos que siguen el certamen con fervor, y por otro, quienes argumentan que en pleno 2025 estos concursos deberían haber quedado atrás.
Fátima Bosch, una joven de 25 años originaria de Tabasco, se alzó con la corona en esta edición. Su victoria va más allá del reconocimiento personal; simboliza a un sector de la juventud que busca construir una carrera profesional con compromiso social. Fátima mencionó en una entrevista que había sido invitada a participar desde 2019, pero prefirió culminar su licenciatura en Diseño de Indumentaria y Moda, centrándose en la sostenibilidad y en proyectos que apoyan a la iniciativa Corazón Migrante, destinada a ayudar a migrantes no acompañados.
Durante su participación en Miss Universo, Fátima llevó consigo un mensaje poderoso, destacando la importancia de alzar la voz y motivar a otros a hacer lo mismo. Sin embargo, su camino no estuvo exento de desafíos. En un incidente notable, tuvo un encontronazo con Nawat Itsaragrisil, director de Miss Universe Thailand, quien la reprendió públicamente por no promocionar contenido tailandés en sus redes. Fátima, visiblemente afectada, defendió su dignidad al declarar: “No importa si tienes un gran sueño o una corona, si eso te arrebata tu dignidad, tienes que irte”.
A lo largo de los años, Miss Universo ha ido evolucionando. Históricamente dominado por hombres, el concurso había establecido normativas restrictivas para las concursantes, como no estar casadas ni tener hijos y un límite de edad de 17 a 24 años. Recientemente, en 2023, se permitieron nuevas condiciones al eliminar el requisito del estado civil y el rango de peso corporal, y en 2024 se acabó con las limitaciones de edad.
Hoy, bajo la dirección de Jakapong Jakrajutatip, una mujer transgénero de Tailandia, el certamen parece haber encontrado un nuevo enfoque, enfatizando el empoderamiento y liderazgo femenino en su misión. No obstante, surgen preguntas importantes: ¿Qué tan lejos está la organización de reconocer plenamente la valía de las concursantes como trabajadoras dignas? ¿Cuánto tiempo más será necesario para que se deje de objetivizar a quienes son presentadas como símbolos de empoderamiento?
La historia de Fátima Bosch es, sin duda, inspiradora, pero no se puede pasar por alto la necesidad de una reflexión más profunda sobre el futuro de Miss Universo y su impacto en las mujeres que participan en él.
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