La noche del 3 de junio de 2026 fue testigo de un suspiro extraño en la emblemática Plaza de Toros de Las Ventas, donde el sexto toro de la tarde cayó poco antes de las diez. La prolongada celebración de ese festejo, donde los espectadores ya habían olvidado los matices de los primeros toros, refleja un trastorno que afecta la tauromaquia moderna.
Resulta preocupante observar cómo un público, a menudo considerado ajeno a la tradición taurina, interfiere en el ambiente de una plaza que debería ser un templo de seriedad y respeto. Gritos y aplausos desenfrenados sugieren una desconexión con la profundidad del arte, lo que amenaza con socavar el prestigio de este monumento cultural.
Particularmente en esta jornada, el cartel presentaba a toreros que carecían de renombre, lo que acentuó la falta de emociones. Solo una oreja se cortó, gracias a un mal uso de las espadas, y el ambiente vibrante, que recuerda más a un parque de diversiones que a una plaza de toros, dejó un sabor agridulce en el aire.
José Garrido, uno de los toreros protagonistas, comenzó su actuación de rodillas, intentando impresionar con un gesto audaz ante un toro que, sorprendentemente, parecía no percibir su presencia. Aunque logró emocionar a los asistentes en algunos momentos, como en sus seis derechazos bien trazados, el entusiasmo se esfumó cuando el animal se aplomó y careció de la viveza necesaria para mantener la conexión con el torero.
El dilema de la Puerta Grande, un símbolo de éxito en Las Ventas, regresó a la conversación. La percepción es que abrirla se ha vuelto un premio poco exigente, lo que diluye el valor del triunfador. Si Garrido hubiera logrado cortar la oreja, podría haberse planteado una reevaluación del criterio para tal distinción en un lugar donde el arte debe florecer.
Ismael Martín, por su parte, capturó la atención del público, combatiendo con entrega y fervor. A sus 22 años, manejó el capote con una energía que evocó recuerdos de grandes toreros del pasado, aunque su travesía estuvo marcada por falencias en la ejecución que le restaron substancia. A pesar de esas limitaciones, logró conectar con los aficionados, quienes vibraron en momentos de su actuación.
Finalmente, Samuel Navalón cerró la velada, enfrentándose a un toro que le ofrecía mayores oportunidades de lo que su desempeño reveló. Su actuación, aunque correcta, no destacó en profundidad.
Los toros de Montalvo, que reemplazaron a los rechazados de Lagunajanda, presentaron un panorama que no cumplió con las expectativas: mansurrones, blandos y descastados. La jornada atrajo a algo menos de tres cuartos de entrada, con un total de 16,811 aficionados, reflejando tanto un interés persistente como las serias preocupaciones sobre el futuro de la tauromaquia en esta plaza de renombre mundial.
Actualización: Se reportan continuos debates sobre la falta de exigencia y calidad en estos festejos, y se espera que las futuras corridas aborden estos desafíos para recuperar el prestigio que caracterizaba a Las Ventas.
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