El festival que este año abría en Sao Paulo (Brasil) el desembarco de la marca en Sudamérica acababa casi vitoreado por los hechos y por un púbico que feliz y exangüe agotaba las últimas horas. Cerca de 100.000 visitas repartidas en dos jornadas, con buena parte del público repitiendo asistencia en ambas, no dejaban margen al error: era un éxito apabullante, además cimentado en un público muy joven, mucho más que el de Barcelona.
La gestión del espacio, un recinto de 400.000 metros cuadrados, cinco escenarios y ciertas complicaciones dada su relativa estrechez en algunos tramos se había salvado con nota, no dejando margen a las aglomeraciones y permitiendo el fluir del público. Todo lo que podía salir bien salió bien y aparentemente nada mal en un certamen saludado por el público local con un apoyo que manifestaba en la incesante colección de fotos que todo el mundo se hacía ante el cartel móvil con el nombre del festival que ya es marca de la casa. La sensación era la misma que en las primeras ediciones del FIB de Benicàssim: un público huérfano tenía por fin un festival que piensa en él. Ahora tocan las ediciones de Buenos Aires y Santiago de Chile. La marca crece. Quien asegura que Barcelona está en declive deberá buscar argumentos en otros ámbitos.
Brasil es un país donde la música articula la identidad
Hasta ahora sólo atendía en formato de gran festival al público mainstream principalmente por medio del Rock in Río y el Lollapalooza, festivales generalistas con tirolina. Primavera Sound es sólo música, dirigido a los que no se centran en los artistas más populares, buscando la novedad en un ámbito que genéricamente podría considerarse independiente. Y el público ha respondido. A ello se ha de sumar un gran acierto del certamen, ese eslogan de “nadie es normal” que acoge a todas las personas que entienden el género y la sexualidad como una opción personal no sometida a discusión.
Tras cuatro años de bolsonarismo y una masculinidad que podría haber estudiado la primatóloga Jane Goodall, la sensación de liberación se adueñó del colectivo LGTBI, que amparado por un festival que les ofrece un entorno seguro, mostró sus mejores luces en un ambiente más variado y colorista que las opciones frutales de la caipiriña. Ellas, ellos y los que no caben en lo binario pudieron mostrar públicamente su cariño sin temor a ninguna reacción airada, dando lugar a situaciones enternecedoras acunadas por la música. Sin duda, este ha sido uno de los argumentos claves que han movilizado masivamente al colectivo y ha sintonizado con la apertura de mente y la vitalidad de una ciudad como Sao Paulo, capital económica y cultural del país y ciudad que hace pensar en Madrid y Barcelona en términos muy modestos.
En consonancia con ello, y como enésima prueba de que la mujer está alcanzado una preeminencia innegable en el ámbito musical, el Primavera Sound Sao Paulo ha sido un festival fundamentalmente de ellas. Bjork ofreció un concierto sensacional, travistiendo con una orquesta de cuerda su cacharrería electrónica no para interpretar Fossora su último y exigente disco, del que sólo sonó Ovule, sino para repasar parte de sus clásicos con especial mención a Vulnicultura. Con esa voz, esa forma de proyectarla, esa personalidad y esos fascinantes vestidos no aptos para subir a un taxi, podría cantar con un fondo de gaviotas graznando y el resultado sería el mismo: asombroso y cautivador.
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