En abril de 1521, el navegante Fernando de Magallanes llegó a Cebú, marcando un hito en la historia de Filipinas. Con la plantación de una gran cruz envuelta en bambú y caña, Magallanes proclamó la toma de posesión de la isla en nombre de la Corona española. Este acto simbolizó el inicio del cristianismo en un territorio que, con el tiempo, se transformaría en el país con la mayor población católica de Asia.
Más de cinco siglos después, aquella gran cruz, oscura y agrietada, aún preserva fragmentos de su madera original. Se encuentra resguardada en una pequeña capilla adyacente al Fuerte San Pedro, a solo 300 metros de la Basílica del Santo Niño, la iglesia más antigua de Filipinas. Este lugar se ha convertido en un punto significativo de la herencia cultural y religiosa del país.
Entre los que rinden homenaje a este histórico símbolo se encuentra Romeo Wagayan, conductor de jeepney desde hace dos décadas. Cada semana, Wagayan llega a la capilla para rezar, buscando fortaleza en momentos difíciles. “Vengo a rezar para que Dios me dé fuerza. Tuve que dejar mi trabajo por la subida del combustible”, comenta, reflejando la realidad económica que enfrentan muchos filipinos hoy en día.
Mientras la cruz de Magallanes se erige como un recordatorio de la influencia colonial y la fe que une a los filipinos, la situación actual de la comunidad destaca la necesidad de resiliencia. La conexión entre el pasado y el presente en Filipinas es palpable en este emblemático sitio, donde la historia convive con la vida cotidiana, recordando que la lucha y la esperanza son parte del legado de esta nación.
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