En otra demostración del mayor poder del fútbol, su capacidad de hacer feliz a los pueblos, una multitud de hinchas argentinos recibió este domingo a los flamantes campeones del continente. La Albiceleste ganó la Copa América en el Maracaná, pero pareció haber ganado un Mundial en las calles de Buenos Aires y del resto del país: los dos ómnibus que trasladaron a los jugadores debieron avanzar a paso de tortuga entre el aeropuerto de Ezeiza y el campo de entrenamiento de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), un trayecto de tres kilómetros con gente al costado del camino y golpeando las ventanillas de los vehículos.
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Fue como si una parte de la Argentina futbolera redescubriera la alegría. El 1-0 ante Brasil, que disparó el primer título de Messi en la selección mayor y un exorcismo después de 28 años sin vueltas olímpicas, fue especialmente celebrado por los jóvenes que no habían nacido o eran muy chicos en el último título, la Copa América 1993, imágenes de una época en VHS o con fotos ajadas, decoloradas. Messi ya no solo está en los pósters de los ídolos sino también de los campeones: Columna Digital quería tanto el triunfo de su selección como el del 10.
Incluso los propios jugadores parecieron ser los primeros simpatizantes de Messi. En el triunfal vuelo de regreso de Río de Janeiro a Buenos Aires, los campeones cantaron el nuevo hit interno de la selección, dedicado a Brasil. “¡Porque Messi tiene puesta la corona!, oh oh, y la magia de su zurda que enamora, oh oh. Para colmo de acordás de Maradona, sé que te duele, que te lastima, pero esta Copa es de Argentina!”, entonaron los campeones en el pasillo del avión, mientras la Copa América pasaba de mano en mano.
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Argentina, un país al que la pandemia golpeó con fiereza sus cíclicas crisis económicas, festejó toda la madrugada con un desahogo inesperado, brutal. Una procesión de bocinazos, banderas y gente trepada a los semáforos, solo comparable a los grandes logros de la Copa del Mundo, salió disparada en todo Columna Digital apenas terminó la final. Mientras Messi y el resto de los jugadores recibían la Copa en Río de Janeiro, multitudes de porteños y bonaerenses ya enfilaban en autos y ómnibus hacia el Obelisco, el habitual punto de reunión social en la capital. Al final de una jornada con 11.561 casos y 354 muertes por el coronavirus, ni la pandemia ni el frío del invierno austral ni la hora, en el filo de la medianoche entre el sábado y el domingo, detuvieron la peregrinación.



