El reciente 76 Congreso de la FIFA, celebrado el 30 de abril de 2026, se traducía en un ambiente tenso, que se destacó por la aparición de un drama palpable sobre el escenario. Gianni Infantino, presidente de la FIFA, protagonizó un congreso que, por lo demás, se había desarrollado sin contratiempos. Sin embargo, el clímax llegó cuando llamó a la tribuna a Jibril Rajoub, presidente de la Federación de Fútbol de Palestina, quien aprovechó la ocasión para denunciar las violaciones de derechos humanos sufridas por su pueblo.
Rajoub hizo un llamamiento a la FIFA para que asegurara las condiciones necesarias para que los palestinos pudieran jugar al fútbol en su territorio y tuviesen acceso a campos de juego. Un momento que parecía simbolizar la búsqueda de la unidad en el deporte, ya que Infantino invitó también al vicepresidente de la Federación de Israel, Basim Sheikh Suliman, a unirse a él en la tribuna. No obstante, la expectativa de un apretón de manos que representara la reconciliación fue rápidamente frustrada. Aunque ambos se acercaron, el saludo no se concretó.
La intervención de Rajoub durante el congreso reveló su reacia posturas hacia el representante israelí. Aunque Infantino intentó facilitar un clima de camaradería, el presidente palestino dejó claro su desdén hacia Suliman, afirmando que no lo consideraba un interlocutor adecuado para un gesto de paz. En sus propias palabras, la intervención israelí había ignorado las realidades de los palestinos, incluyendo actuaciones de su federación contra ellos en los territorios ocupados.
En una declaración posterior, Rajoub subrayó su respeto por las intenciones de Infantino, pero se mantuvo firme en su posición: “No puedo darle la mano a alguien que encubre las acciones de un nuevo gobierno israelí que él califica como ‘nazi’”. Este episodio subraya la complejidad de las relaciones entre ambas naciones y la dificultad de alcanzar un entendimiento en un contexto tan cargado de sufrimiento y conflicto.
Las declaraciones de Infantino al final del congreso resaltaron su deseo de trabajar hacia un futuro en el que tanto israelíes como palestinos tengan “los mismos derechos y obligaciones como miembros de la FIFA”. Sin embargo, las tensiones subyacentes y la renuencia a participar en un gesto simbólico de unidad dejan claro que, en el ámbito del fútbol y de la política, la paz sigue siendo un objetivo esquivo.
Este evento no solo ha resaltado la fragilidad de las relaciones entre estas dos federaciones, sino que también ha puesto en evidencia la necesidad de un diálogo genuino que lleve a una solución duradera. La situación actual exige una reflexión profunda sobre el papel que el deporte puede y debe jugar en la promoción de la paz, así como la resolución de conflictos a nivel internacional, un desafío que continúa presente y urgente en la región.
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