El 22 de enero, la artista Gabrielle Goliath y la curadora Ingrid Masondo presentaron un affidavit fundacional en el Tribunal Superior de Sudáfrica en Pretoria. Su objetivo: desafiar la decisión unilateral del Ministro de Deportes, Artes y Cultura, Gayton McKenzie, de cancelar la serie de video y performance titulada Elegy, programada para ser presentada en el pabellón nacional sudafricano en la Bienal de Venecia 2026. La obra de Goliath, que se centra en las atrocidades sufridas por los palestinos en Gaza, fue tildada por McKenzie de “altamente divisiva” y supuestamente no alineada con los intereses sudafricanos. Esto es notable, dado que Sudáfrica ha emprendido acciones legales contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia por alegaciones de genocidio en Gaza.
En su affidavit, se solicita que se anule la “interferencia y obstrucción” del Ministro, calificando su conducta como “inconstitucional, ilegal e inválida”. Adila Hassim, un destacado miembro del equipo legal que presentó el caso de Sudáfrica ante la ICJ, representa a Goliath y Masondo. Este enfrentamiento no es simplemente un caso de incompetencia, sino que revela una compleja red de mecanismos utilizados por los estados para silenciar la disidencia y evitar visibilidad sobre temas polémicos.
La interferencia de McKenzie se hizo pública después de que envió una carta a Art Periodic, la organización designada para manejar la financiación y logística del pabellón sudafricano, manifestando su oposición a la selección de la obra de Goliath. Este trabajo no solo conmemora las víctimas de Gaza, sino que también aborda la violencia de género y los asesinatos de personas LGBTQ+ en Sudáfrica y el genocidio de los pueblos Ovaherero y Nama en Namibia, perpetrado por fuerzas alemanas a principios del siglo XX. El tercer elemento de la obra es un poema conmemorativo para la poeta palestina Hiba Abu Nada, asesinada por un ataque aéreo israelí en octubre de 2023, lo que claramente provocó la reacción del Ministro.
McKenzie alegó que su oposición se debió a la presunta financiación del pabellón por un país extranjero, alarmándose por lo que consideraba una posible manipulación política de la plataforma sudafricana. Sin embargo, este argumento fue cuestionado dado que la financiación para pabellones internacionales a menudo proviene de donantes privados y que el interés de instituciones internacionales, como el Museo de Qatar, no se concretó tras las conversaciones iniciales.
El ministro ha sido objeto de críticas por sus declaraciones sobre la “captura extranjera” del trabajo de Goliath, lo que llevó a muchos a especular si, en realidad, él mismo estaba actuando bajo la influencia de intereses ajenos. Goliath, por su parte, enfatizó que había trabajado en Elegy de manera independiente durante años antes de su selección para la Bienal, lo que reitera la preocupación de que su obra esté ahora bajo ataque por instancias de censura.
En medio de esta controversia, el partido opositor, la Alianza Democrática, condenó la decisión de McKenzie, argumentando que había violado el derecho a la libertad de expresión y actuaría ante el Defensor del Pueblo por exceder su autoridad. Este giro en la narrativa política deja al descubierto un panorama de tensión en el que la cultura y la política se entrelazan de formas inesperadas y a menudo problemáticas.
Adicionalmente, la Goodman Gallery, que había representado a Goliath durante una década, decidió cortar lazos con ella poco después de que se anunciara su selección para la Bienal. Aunque la galería justificó esta acción como una medida comercial para reducir su lista de artistas, muchos se preguntan si hubo alguna conexión entre este movimiento y la intervención de McKenzie. Este tipo de decisiones pueden parecer contrarias a la lógica de negocio, especialmente cuando la reputación de un artista está en alza.
Las repercusiones de la decisión de McKenzie no solo afectan a Goliath; también plantean grandes cuestiones sobre la capacidad de los artistas para abordar temas de justicia y reparación en plataformas internacionales. La insistencia en silenciar voces críticas frente a actos de genocidio pone en tela de juicio el compromiso de una nación con los derechos humanos y la justicia social.
A medida que la controversia continúa desarrollándose, queda claro que el impacto de Elegy podría resonar más allá de lo previsto, conectándose con la misión del presidente sudafricano Cyril Ramaphosa de erradicar la violencia de género en el país, y representando un acto de solidaridad hacia Palestina. En una hora de presentación, personas operísticamente formadas emiten una nota pura, resonando como un llamado colectivo. Esta dinámica muestra la responsabilidad que todos llevamos en la lucha por la verdad y la justicia, especialmente en tiempos de presión política.
Seis meses después, el 27 de enero de 2026, la situación se mantiene tensa, con nuevos desarrollos esperados y la comunidad artística observando de cerca. La lucha por Elegy es un testimonio de la resistencia ante el esfuerzo sistemático de silenciar a aquellos que buscan exponer la verdad en medio del conflicto.
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