El destino rara vez pregunta si estamos listos. Simplemente irrumpe, empuja, y a veces deja la puerta abierta para quienes se atreven a cruzarla. Así fue como Mariana Pérez Amor y Alejandra Reygadas de Yturbe se encontraron, casi sin planearlo, al frente de la Galería de Arte Mexicano. No hubo una transición ceremonial ni un traspaso meticuloso de responsabilidades. Inés Amor, figura legendaria del arte en México y fundadora del espacio, cayó enferma y no volvió. La galería, su legado y todo su peso simbólico quedaron en manos de dos mujeres jóvenes que, más por intuición que por experiencia, decidieron continuar el camino.
No fue fácil. La presencia de Inés Amor había sido monumental. Su muerte provocó un éxodo de artistas que veían en ella no solo una líder, sino una referencia ética y estética. Rafael Coronel fue uno de ellos. Años más tarde regresaría para pedir disculpas. “No debí hacerlo, pero era el momento y lo hice”, diría con honestidad. La ausencia de aquellos primeros artistas fue el primer gran reto para Mariana y Alejandra. Sin embargo, no se dejaron vencer. Con determinación y una voluntad férrea, resistieron la incertidumbre y rehicieron los cimientos de la galería a partir de valores firmes: respeto absoluto al artista como creador y persona, y el compromiso inquebrantable de pagar por las obras vendidas. No como un gesto, sino como una declaración de principios.
Alejandra había llegado a la galería ocho años antes que Mariana. Se encargaba de las exportaciones y de la contabilidad, moviéndose entre papeles, números y trámites internacionales. Cuando Inés ya no pudo continuar, ambas decidieron tomar las riendas sin mirar atrás. Desde entonces, se han reinventado una y otra vez. Cada generación exige un lenguaje distinto, una forma nueva de conectar con el arte, y ellas supieron encontrar ese equilibrio entre memoria y modernidad, tradición e innovación.
La Galería de Arte Mexicano se ha convertido en un organismo vivo, hecho de historias, vínculos, tropiezos y logros. No es una institución anclada al pasado, sino un espacio que respira, que se transforma, que se mueve al ritmo del arte mexicano. Y su historia está entrelazada con el coraje de una mujer que, en 1935, se atrevió a desafiar las convenciones sociales de su tiempo. En una época en que México aún era profundamente conservador, donde el lugar de la mujer parecía limitado a los márgenes, Inés Amor asumió una causa mayor: dar lugar al arte, hacerlo visible, crear un mercado para el coleccionismo y abrir las puertas a voces que marcarían el rumbo estético del país.
Fue su hermana Carolina Amor quien fundó la galería, pero al surgir una nueva oportunidad laboral, fue Inés quien tomó las riendas. Lo hizo sin vacilaciones, con una visión clara y una audacia que la llevó a colaborar con figuras como Diego Rivera y José Clemente Orozco. Bajo su dirección, la galería se convirtió en epicentro y punto de referencia. Su legado no solo está en las exposiciones o en los nombres que pasaron por sus muros, sino en haber construido una comunidad creativa en un país que aún no entendía del todo el poder del arte.
“Nada me ha sido fácil, pero nada me ha sido imposible”, decía Carolina Amor. Esa frase resume el espíritu que ha guiado a la galería durante casi un siglo. Hoy, Mariana y Alejandra siguen trabajando con la misma pasión, llevando sobre sus hombros un legado que no pesa, sino que impulsa.
El futuro también tiene nombres. La nueva generación ya está presente y activa. Rafael Yturbe, hijo de Alejandra; Juan Pérez Figueroa, sobrino de Mariana y nieto de Inés; y Patricia Torres, son los rostros jóvenes que ya asumen responsabilidades dentro del proyecto. Rafael y Juan están al frente de la Sala GAM, un espacio que promueve a artistas emergentes, mientras que Patricia se ha vuelto esencial para el crecimiento de la galería. Su formación, su compromiso y su amor por el arte aseguran la continuidad de este espacio único.
No se trata de fama ni de fortuna. Se trata de permitir que el arte siga volando alto, como decía Inés Amor: de volar bien. Y mientras Mariana, Alejandra y los suyos sigan creyendo en ese vuelo, la Galería de Arte Mexicano seguirá siendo uno de los corazones culturales más auténticos del país.
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