Gisela Colón, conocida por su enfoque innovador en el arte contemporáneo, nunca se imaginó que su camino la llevaría a convertirse en una artista de renombre. Nacida en Puerto Rico, su niñez estuvo marcada por la inestabilidad, lo que la llevó a estudiar derecho en búsqueda de seguridad. Sin embargo, su amor por el arte, heredado de su madre pintora, nunca desapareció por completo.
En 1987, Colón dejó San Juan con una beca Truman y construyó una exitosa carrera en el derecho ambiental en California, mientras criaba a sus dos hijos. La pasión por el arte resurgió en su vida solo cuando sus hijos partieron hacia la universidad, un momento que definió su retorno a la creatividad.
Hoy, casi cuatro décadas después, Colón se encuentra en el horizonte artístico con dos exposiciones individuales significativas: “Radiant Earth” en el Bruce Museum y “The Mountain, The Monolith” en el Museo de Arte Contemporáneo de Puerto Rico. Esta doble presentación no solo representa un hito en su carrera, sino también un regreso a sus raíces. A través de su trabajo, que ha incluido instalaciones en lugares tan icónicos como Desert X AlUla y los alrededores de las Pirámides de Giza, Colón ha construido un perfil internacional que destaca en colecciones importantes, incluyendo el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles y El Museo del Barrio.
Su arte, que dialoga con el Minimalismo y el Arte de la Tierra, es caracterizado por ella como “minimalismo orgánico.” Su enfoque se centra en los materiales que utiliza, más que en las formas en sí. En el Bruce Museum, su obra se manifiesta en “pods” montados en la pared, que parecen organismos vivos, y en monolitos que cambian de color con la luz natural. Estos trabajos invitan a los espectadores a experimentar un momento mágico, una sensación que resuena profundamente en sus observadores.
Los curadores de las exposiciones han alabado la singularidad de Colón, destacando cómo su uso de plásticos y pigmentos ingenieriles crea superficies que cambian según se mueve la luz. Sus esculturas, aunque parecen producidas por máquina, son elaboradas a mano, con pigmentos que evocan paisajes específicos. En su exhibición en el Bruce Museum, varias piezas están vinculadas a sitios puertorriqueños como ríos y cuevas, mientras que los elementos que las rodean provienen del desierto californiano que rodea su estudio.
A través de su obra, Colón también aborda el tema del tiempo. Los “pods” representan la conexión con el cuerpo y la percepción, mientras que los monolitos sugieren escalas más amplias, como las geológicas o espirituales, lo que permite una reflexión personal profunda en su proceso creativo. Su trabajo se nutre de experiencias de su infancia en Puerto Rico, formando una conexión tangible entre su historia personal y la estructura física de sus esculturas.
La coincidencia de sus exposiciones en Puerto Rico coincide con un creciente reconocimiento del talento puertorriqueño en la conversación cultural actual, amplificado por figuras como Bad Bunny. Colón se siente agradecida por esta atención, aunque enfatiza que la isla siempre ha estado en la vanguardia del arte y la cultura. A través de su obra, comparte una metáfora poderosa: Puerto Rico, como isla formada por las cenizas de un volcán, simboliza la energía y el potencial que reside bajo su superficie.
Gisela Colón no solo ha encontrado su lugar en el mundo del arte; ha transformado su experiencia y su entorno en algo tangible, uniendo el pasado con el presente. A medida que continúa su trayectoria, el nuevo capítulo de su vida artística no solo refleja su creatividad, sino también la rica herencia de Puerto Rico. Su obra, por lo tanto, se convierte en un testimonio de la transformación, el lugar y el tiempo, ofreciendo una experiencia que invita tanto a la reflexión como a la admiración.
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