Recientes descubrimientos en el estado de Hidalgo, México, han dejado al mundo arqueológico en un estado de emoción. Especialistas del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) han registrado 16 petroglyphs y pinturas rupestres que datan de la prehistoria y del periodo posclásico mesoamericano, entre los años 900 y 1521 d.C. Los hallazgos se ubican en dos acantilados cerca del río Tula y la presa La Requena.
Este hallazgo surge en un contexto de excavaciones intensificadas, resultado de los trabajos de salvamento arqueológico realizados para una nueva línea ferroviaria de 232 km que conectará la Ciudad de México con Querétaro. Durante este mes, el INAH hizo pública otra notable revelación: el descubrimiento de un altar tolteca de mil años de antigüedad en el sitio Tula Chico, no muy lejos de las recientes pinturas rupestres.
El sitio donde se han encontrado estas obras de arte es uno de los cuatro puntos de excavación activos a lo largo de la ruta hacia Querétaro, donde la construcción comenzó en abril de 2025. Actualmente, los trabajos avanzan a un ritmo del 10% en total. De hecho, en octubre de 2025, la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum Pardo anunció un cambio en la ruta del ferrocarril para salvaguardar este invaluable patrimonio, dado que no es factible trasladar las pinturas a un museo.
Este lugar había sido registrado en la década de 1970 como parte del Proyecto Arqueológico de Tula, cuando se encontró un elemento pintado que representaba un venado, conocido desde entonces como El Venado. Un portavoz de INAH afirmó que la ubicación del arte sugiere un propósito mítico-religioso, posiblemente vinculado a fenómenos astronómicos o calendáricos.
Las figuras descubiertas en lo que INAH describe como un refugio rocoso son de gran relevancia. Entre ellas se encuentra un individuo que parece portar una macana (un tipo de arma) junto a un tocado y gafas que evocan a Tláloc, el dios azteca de la lluvia y la fertilidad, frecuentemente asociado con cuevas y manantiales. Otras imágenes incluyen una figura antopomórfica en rojo y un diseño que se asemeja a una serpiente o rayo. Las pinturas se realizaron con pigmentos minerales o vegetales, mientras que los petroglyphs fueron creados mediante puntillismo. INAH estima que algunas de estas obras tienen más de 4,000 años de antigüedad.
Los arqueólogos del equipo de salvamento destacan que las pinturas se encuentran en buen estado. Se considera que estas obras de origen prehispánico podrían estar vinculadas a la etapa final de Tula, la célebre ciudad tolteca.
Entre los hallazgos figurativos junto al río Tula se aprecian representaciones de venados y una figura que exhibe colmillos, antenas, un peto y gafas, similar a las de Tláloc, con piernas de ave. Este estilo es reminiscente de las representaciones de la cultura Mogollon, que habitó el suroeste de los Estados Unidos y el norte de México.
Un último descubrimiento notable incluye una figura con rostro y cabello antropomórfico, cuyas cuatro patas recuerdan a las de un ave o los cascos de un caballo, probablemente datando de la época del contacto con los españoles. Aunque estas pinturas y petroglyphs fueron oficialmente identificados recientemente, INAH ya tenía conocimiento de su existencia a través de las comunidades locales de la región.
José-Miguel Pérez Gómez, experto en rock art latinoamericano, subraya que este descubrimiento representa un “hito transformador” para la arqueología y el estudio del arte rupestre en México. Destaca que el sitio proporciona un registro continuo de la evolución cultural a lo largo de los últimos 4,000 años, permitiendo el análisis de la transición de los lenguajes simbólicos y técnicas artísticas dentro de un mismo contexto geográfico.
Pérez Gómez añade que la iconografía del sitio sugiere intercambios culturales profundos entre el centro de México y las culturas Mogollon del norte. Gracias a su ubicación junto al río Tula, este lugar actúa como un archivo lítico de vida ritual e interacción ambiental. Este hallazgo no solo enriquece la comprensión del patrimonio prehispánico regional, sino que también refuerza la relevancia del Valle de Tula como un corredor esencial para la síntesis cultural y la expresión espiritual a lo largo del tiempo.
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