Grammarly, la popular herramienta de corrección de textos, se ha visto envuelta en un torbellino de controversia tras el lanzamiento de su función “Expert Review”. Esta característica, que se lanzó de manera silenciosa el año pasado, generó una fuerte reacción entre periodistas, autores y académicos, quienes denunciaron que sus nombres y voces estaban siendo utilizados sin su consentimiento.
El escándalo tomó más fuerza después de que numerosos profesionales se quejaran de que habían sido impersonados sin su autorización. Ante la creciente oleada de críticas, Superhuman, la empresa matriz de Grammarly, decidió dar un giro repentino. El CEO Shishir Mehrotra se disculpó públicamente en un post de LinkedIn, donde reconoció que habían recibido “validas críticas” sobre cómo la herramienta estaba representando a los expertos. “Nosotros escuchamos el feedback y reconocemos que fallamos en esto”, expresó Mehrotra, evidentemente presionado por las reacciones adversas.
Sin embargo, esta disculpa no fue suficiente para aplacar la rabia general. En medio de esta crisis, la editora en jefe de la organización sin fines de lucro The Markup, Julia Angwin, presentó una demanda colectiva en el Distrito Sur de Nueva York. Esta acción legal, que fue presentada el mismo día en que se hizo la disculpa pública, no señala un monto específico en daños, pero se sugiere que la cifra podría ascender a más de 5 millones de dólares.
La demanda argumenta que Grammarly ha “apropiado indebidamente los nombres e identidades de cientos de periodistas, autores y editores para obtener beneficios. Angwin, quien ha dedicado décadas a perfeccionar su habilidad como escritora y editora, se manifestó angustiada por el uso indebido de su nombre por una empresa tecnológica. “Me preocupa descubrir que una compañía está vendiendo una versión impostora de mi experiencia”, comentó.
Superhuman, que parece haber subestimado la reacción provocada por su bot de suplantación, intentó justificarse a través de declaraciones anteriores. Ailian Gan, directora de gestión de producto de la empresa, afirmó que “construimos el agente para ayudar a los usuarios a acceder a las ideas de líderes y expertos”. Sin embargo, tras el aluvión de críticas, admitió que “claramente fallamos” y prometió que adoptarían un enfoque diferente en el futuro.
El abogado de Angwin, Peter Romer-Friedman, confía en la solidez de la demanda, citando las leyes de Nueva York y California que prohíben el uso comercial del nombre y la imagen de una persona sin su autorización. Este caso representa solo una faceta de un problema más amplio en la intersección entre inteligencia artificial y derechos de propiedad intelectual. A medida que los modelos de lenguaje continúan extrayendo material protegido de la web, las demandas en torno a estos temas están aumentando.
Angwin se enteró de su suplantación a través de un artículo y expresó su desdén ante la calidad de los consejos proporcionados, que resultaron ser confusos y poco útiles. “Me sorprendió la mala calidad”, agregó.
En un paisaje donde la tecnología avanza a un ritmo vertiginoso, los derechos de los creadores y expertos se enfrentan a nuevos desafíos. La controversia en torno a Grammarly sirve como un recordatorio de la necesidad de regular el uso de la inteligencia artificial y asegurar que los derechos de autor y la integridad profesional sean respetados.
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