La resistencia heroica de un pequeño grupo de soldados frente a un enemigo muy superior forma parte de la historia militar desde los albores de la cultura occidental. “A los griegos que se hallaban en las Termópilas, el primero que les anunció que iban a morir al rayar el día fue el adivino Megistias”, escribe Heródoto en el tomo VII de su Historia. Sin embargo, pese a los malos augurios, Leónidas y sus 300 espartanos decidieron luchar hasta el final contra los persas en aquel desfiladero. Heródoto asegura que fueron personajes “dignos de ser recordados” y que logró averiguar los nombres de cada uno de aquellos 300.
Desde entonces, la historia militar ha ofrecido numerosos ejemplos de esta resistencia desesperada, a veces de derrotas convertidas en mitos, otras de victorias contra todo pronóstico tras un aguante imposible, desde el Álamo hasta el Alcázar de Toledo durante la Guerra Civil española; el cerco de Bastogne, durante la batalla de las Ardenas al final de la Segunda Guerra Mundial; o los últimos de Filipinas. Este destacamento de cazadores españoles aguantó durante 11 meses el ataque de una fuerza muy superior antes de rendirse con todos los honores y se convirtió en un mito imperial que pretendía hacer olvidar que se trató de una guerra perdida. Los cientos de combatientes ucranios que resisten en la acerería de Azovstal, entre las ruinas de Mariupol, la ciudad asediada por Rusia desde hace más de 50 días, han entrado a formar parte de esa mitología de lucha numantina.
“La conquista de Mariupol ha adquirido una enorme importancia simbólica”, explica por correo electrónico el historiador militar británico Antony Beevor. “Lo que me gustaría saber es si los defensores son realmente rusoparlantes o ucranios. El hecho de que Mariupol sea mayoritariamente de habla rusa, supuestamente el mismo pueblo que Vladímir Putin quiere rescatar con su Ejército del nazismo ucranio, y que resistan tan desesperadamente, es algo que el Kremlin no puede admitir”.
Pero, más allá de su valor simbólico, estos atrincheramientos tienen un sentido militar. En el caso de Mariupol, una ciudad del sur de Ucrania y el principal puerto del mar de Azov, arrasada por las bombas rusas desde el principio de la invasión, demuestra las enormes dificultades que plantea el combate urbano para los asaltantes, mucho más que para los defensores, que pueden utilizar las ruinas para realizar emboscadas y detener durante días el avance del enemigo, todo ello sin contar con el poderoso valor propagandístico que proporcionan esas resistencias heroicas.
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