Hace medio siglo, en el vibrante verano parisino, se gestaba una amistad que perduraría a través de las décadas. La historia comienza en una tarde alargada por un sol generoso, donde un joven descubría la fascinante ciudad de París. Daniel Leyva, un conocido de aquel joven, le presentó a su amigo Guillermo Merino, un argentino que había hecho de la capital francesa su hogar.
Guillermo, conocido cariñosamente como Willy, había llegado a Francia en busca de inspiración, de la mística que envolvía a figuras como Jean-Luc Godard y Jean-Paul Sartre. Con una personalidad introspectiva, prefería observar antes que hablar, lo que le otorgaba un aura de misterio. Su vida en París se vio marcada por el deseo de integrarse, de obtener la nacionalidad francesa, un sueño que finalmente se hizo realidad con la llegada del presidente socialista François Mitterrand. El día que recibió la noticia, celebró con conocidos y desconocidos en el bar de la Palette, plenamente consciente del valor que eso significaba: su nueva capacidad para votar y participar en el destino político del país.
La experiencia de Willy en Francia contrastaba con la de muchos en su país natal. Argentina, en ese momento, era un terreno complejo, marcado por las luchas políticas y los golpes de Estado. A pesar de las adversidades, él no era un refugiado. Su llegada a París no fue desencadenada por una dictadura, sino por el impulso de una historia de amor. Este escenario lo llevó a abrazar con fervor su nueva vida, mientras su conexión con la cultura argentina nunca se desvanecía; llevaba consigo la poesía de Neruda y las obras de Borges.
La ironía era un rasgo distintivo de Willy, una especie de escudo que le permitía mirar la vida con cierta distancia crítica. Esta incapacidad para tomarse en serio, aunque a menudo lo limitaba en su producción literaria, también le brindó una perspectiva única. Su poesía, impregnada de significado y sutileza, se recogió en un volumen que lo posicionó en una colección de títulos raros, destinada a resaltar las voces más auténticas.
Con el tiempo, Willy enfrentó problemas de salud que lo llevaron a un hospital, pero incluso en sus momentos más delicados, seguía comunicándose, dejando fluir esas notas irónicas que tanto lo caracterizaban. Una conversación con su esposa Monique ofreció una última imagen conmovedora: él falleció con una sonrisa, sin lugar a dudas, dejando un eco de su risa en el mundo de la poesía.
Hombres y mujeres como Guillermo Merino son recordados no solo por su contribución artística, sino también por la forma en que vivieron y celebraron la vida, dejando huellas imborrables en la historia de la literatura. Así, mientras sonríe desde la constelación de poetas, su legado continúa resonando, testigo del poder de la amistad, la cultura y la irreverencia ante las adversidades.
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