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Hablemos de Diseño

por en ColumnasTiempo de lectura: 2 min
Retrato en grabado de Lorena Noyola Piña
Ilustración: Columna Digital

Estos días, en México, celebramos el Día de Muertos, un ritual que dura varios días y en el que se ponen altares para recibir a los difuntos de la familia que vienen a visitarnos. La celebración comienza el 31 de octubre, cuando llegan a visitarnos las almas de los animales de compañía; el 1 de noviembre es el Día de Todos los Santos y se espera la visita de las almas de los niños; el 2 de noviembre es el Día de los Fieles Difuntos, nos visitan las almas adultas; y en algunas regiones se incluye también el 3 de noviembre, día en el que se cierra el ciclo del ritual.

Los altares con ofrendas se ponen en las casas, aunque debido a que esta celebración es parte esencial de nuestra cultura y se ha convertido en un símbolo nacional, muchos espacios públicos se adornan con motivos alusivos al Día de Muertos, e incluso se colocan altares para distintas personalidades destacadas. Para el mexicano, el día de muertos es una celebración en la que se entrelaza la nostalgia, el amor y la alegría por el regreso simbólico, la visita, de quienes se nos adelantaron.

Por supuesto que en el jolgorio contemporáneo también se mezclan elementos del Día de Brujas o Halloween, y se acostumbra a pedir dulces el 31 de octubre, y el 1 de noviembre los niños siguen pidiendo, pero “calaverita”. Salen a la calle niños y adultos, disfrazados de héroes y antihéroes, personajes de historias de terror o catrinas. Es una celebración llena de colores, olores, emociones y sentimientos.

Regresando a los altares con ofrendas, cada una tiene tantos elementos como la familia decida incorporar: fotografías de los difuntos, su comida y bebida preferida, cigarros (si es que fumaba) y fruta, mucha fruta como naranjas, guayabas, manzanas… todos aquellos objetos preferidos de quienes se nos adelantaron y que evocan su presencia. Al caer el sol del 31 de octubre se encienden las veladoras que iluminan el camino de regreso a casa, el mismo que está delineado con pétalos de flores de cempasúchil, la flor emblemática de esta celebración que guía con rastros visuales y olfativos a las almas hasta la ofrenda, para que la disfruten. En algunos lugares cada día se añaden veladoras para las almas que van uniéndose según el día.

Esta celebración es una mezcla de nuestras culturas prehispánica y católica, se entrelazan los símbolos de ambas en un ritual profundamente mestizo, que es lo que nos conforma como Nación. Un dato interesante es que hay una representación artística de la gráfica popular mexicana vinculada a esta celebración: la Calavera Garbancera, de José Guadalupe Posada (ca. 1913), que eventualmente se conocería como La Catrina, que es un ícono de la identidad mestiza. Sobre la gráfica popular hay mucho que hablar, es determinante en la identidad del diseño mexicano, para eso seguiremos hablando de diseño la próxima semana.

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