Este fin de semana asistí a una fiesta con temática vaquera. Desde antes de llegar ya sabíamos cómo vestir: sombrero, mezclilla, botas y paliacate, por ejemplo. Al entrar, las mesas estaban decoradas con pequeñas vacas de peluche, la comida era una parrillada, las galletas tenían decoración relacionada con el viejo oeste y la música de banda invitaba a bailar. Todos comenzamos a participar de la misma historia, de la misma experiencia. Las fiestas temáticas son diferentes a otras reuniones por el diseño que participa en ellas.
Con frecuencia pensamos que una fiesta temática consiste únicamente en decorar un espacio o elegir un color predominante. Sin embargo, detrás de una experiencia bien lograda existe un proceso mucho más complejo. El diseño no organiza solamente objetos; organiza significados y experiencias comunes que se guardan en la memoria.
La decoración construye el ambiente; la música marca el ritmo emocional de la convivencia; los alimentos refuerzan la narrativa; el vestuario convierte a los asistentes en parte de la historia que se convierte en memoria; las galletas personalizadas, los recuerdos y hasta la forma de presentar la comida mantienen la coherencia del concepto. Incluso la participación, como bailar, deja de ser algo espontáneo y se vuelve parte de una experiencia cuidadosamente diseñada. Cada elemento comunica.
Aquí aparece una disciplina poco conocida: el diseño de experiencias. Su propósito no es crear un objeto aislado, sino coordinar múltiples elementos para provocar determinadas emociones y construir recuerdos duraderos. Pero esta experiencia también involucra otra área fundamental: el diseño de ambientes. La distribución del espacio, la iluminación, el sonido, la decoración, los materiales, las texturas y los objetos que rodean a las personas generan una atmósfera que influye en la manera en que percibimos el lugar. Un mismo salón se transforma por algunas horas en un escenario y, con cada fiesta temática, el mismo espacio es distinto; es decir, el espacio se flexibiliza y dinamiza para generar experiencias diferentes. No porque el espacio haya cambiado físicamente, sino porque el diseño transformó nuestra forma de interpretarlo. Cada fiesta temática demuestra que un mismo lugar puede adquirir significados completamente distintos según la experiencia que se diseñe.
Lo más interesante es que ninguna de estas decisiones funciona por separado. Si la música fuera clásica, la comida japonesa y la decoración tropical, probablemente la experiencia perdería coherencia. El éxito de una fiesta temática depende de que todos los elementos cuenten la misma historia y estén coordinados hasta en el más mínimo detalle.
En diseño llamamos a esto coherencia comunicativa. Cuando todos los estímulos apuntan en la misma dirección, nuestro cerebro deja de percibir objetos aislados y comienza a experimentar un ambiente completo, es decir, un diseño de experiencias.
Quizá por eso recordamos algunas reuniones durante años. No porque hubiera un centro de mesa bonito o porque la comida fuera excelente, sino además porque todo parecía pertenecer al mismo universo. Durante unas horas aceptamos las reglas de ese pequeño mundo y nos convertimos en parte de él. Son una de las capacidades más fascinantes del diseño: transformar un espacio cotidiano en un lugar donde las personas construyen recuerdos. Lo que permanece en la memoria es la experiencia vivida y compartida que el diseño fue capaz de construir.
Nos vemos pronto para seguir hablando de diseño.


