Recientemente salió a la luz un libro que coordiné junto con mi colega de Cuerpo Académico, la doctora Emma Flores, que se titula La imagen y la cultura de paz. Los textos presentados son de académicas y académicos preocupados por este tema, quienes participamos previamente en un congreso internacional dedicado a reflexionar sobre la vinculación de la imagen con la paz. En el libro se aborda la definición de cultura de paz, su devenir histórico y sus implicaciones actuales en un país, que, como el nuestro, requiere de apropiarse de estrategias que permitan tener construir entornos no violentos. Además, se presentan reflexiones profundas sobre cómo la imagen y los imaginarios impactan en nuestro día a día en un sentido o el otro.
Nuestros entornos están llenos de imágenes que configuran ideas y pensamientos. Hay diversas investigaciones que abordan cómo las imágenes que consumimos a través de los medios de comunicación se vinculan con la generación de violencia y una parte significativa de ellas establecen una relación. Es cierto que lo que vemos puede llevarnos a naturalizar la violencia y, siguiendo esa misma lógica, también debería permitirnos naturalizar la paz. Las imágenes representan una realidad social y contribuyen a construirla activamente, por eso es tan importante que quienes nos dedicamos a producirlas tengamos la conciencia de su importancia, impacto e incidencia social.
La realidad en la que vivimos se va construyendo a partir de mensajes que, la mayoría de las veces, llegan a través de imágenes o imaginarios. El concepto de imaginario puede entenderse, de forma sencilla, como la imagen colectiva y simbólica que tenemos sobre el mundo: no solo lo que vemos, sino lo que creemos que es. Por supuesto, esta definición corre el riesgo del reduccionismo, pero es una manera de que tengamos una idea coincidente para esta charla, para mayor profundidad teórica, se pueden revisar textos de Cornelius Castoriadis o Gilbert Durand.
A través de los medios audiovisuales —televisión, radio, cine, internet y redes sociales— y de los medios impresos y digitales —periódicos, revistas, libros, carteles, infografías, entre muchos otros—, recibimos información que modifica esos imaginarios. Cuando los contenidos contienen violencia normalizada, aceptada o incluso exaltada, nuestros imaginarios se van transformando en esa dirección. Cuando los contenidos transmiten mensajes de paz, ocurre lo mismo, pero en sentido contrario. Ahí radica una parte importante de la responsabilidad de quienes generan contenidos visuales.
Por supuesto que esto de lo que hablo es la punta del iceberg. Porque puede leerse de manera sencilla, pero son procesos muy complejos, de largo plazo, que implican transformaciones culturales profundas. Sin embargo, es necesario revisar lo que hemos hecho, cuestionarlo y ratificar o rectificar lo que nos ha llevado al estadio en el que nos encontramos como sociedad. Aquí retomo lo que desde el inicio de esta serie de columnas he mencionado: el diseño y la producción de imágenes no son neutros; las imágenes tampoco lo son. Si se quiere profundizar más sobre esta premisa, pueden revisar textos de John Berger, Susan Sontag o W. J. T. Mitchell.
Estas son solo algunas ideas iniciales sobre un tema que requiere mucha mayor profundidad. Pero, sobre todo y a pesar de todo, implica reconocer la responsabilidad que tenemos como sociedad y como individuos en entender y comprender cómo funcionan las imágenes y cuál es nuestro papel en la construcción de lo social. El libro lo pueden bajar sin costo en https://riaa.uaem.mx/xmlui/handle/20.500.12055/4962.
La cultura de paz se construye a partir de acciones individuales y colectivas; no es un acto de magia ni se logra en un tiempo récord. Hemos visto transformarse nuestro entorno poco a poco, a lo largo del tiempo; pues bueno, toca recoger los pasos con paciencia, conciencia y determinación. Nos vemos la próxima semana para seguir hablando de diseño.

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