Esta Navidad la pasé en Oaxaca. Es una maravilla de estado, tiene una diversidad de pueblos mágico y de artesanías que van desde el barro negro, barro verde, lana en telar hasta alebrijes y figuras en madera decoradas a mano. Además una amplia gastronomía de cocina de humo, panes de yema y chocolates desde el dulce hasta el amargo que pueden disfrutarse con leche o con agua.
Estuve en el convite de la noche anterior a la de los rábanos en el centro histórico de Oaxaca de Juárez. Carros alegóricos, danzantes personificados como rábanos, luces y colores en una tradición a la que acudimos -según fuentes locales- diez mil personas, no lo sé pero éramos muchos. Me impresionó la cantidad de gente local, nacional y extranjera, en la ciudad dónde vivo hace tiempo que no veo tanto turismo. Esa noche fue de fiesta y baile hasta altas horas de la madrugada.
Al día siguiente, por la mañana, se montaron en el zócalo puestos de exhibición de tallas en rábano de formas increíbles. También había figuras en flor inmortal y totomoxtle. Una expresión de diseño e innovación artesanal efímero mexicano. La noches de los rábanos se institucionalizó en 1897, y este año fue su edición 128. Se premia la creatividad y maestría en la talla en varias categorías. El gobernador Salomón Jara, su esposa y la secretaría de turismos de Oaxaca fueron quienes principalmente entregaron los premios en una ceremonia en plano zócalo a lado de la Catedral de Oaxaca.
La habilidad para la talla de figuras de rábano es extraordinaria. Había representaciones de escenas cotidianas, religiosas y festivas. La fila para pasar frente a las esculturas era de cuadras y cuadras, daba la vuelta a la catedral y continuaba hasta perderse. Vale la pena espera porque es una festividad única en el país.
El día de Nochebuena disfruté Mitla con sus grecas y colores, sus patios y columnas. El pueblo ya rodeó las ruinas y en su perímetro hay puestos de artesanías, unas originales y otras chinas. Eso sí, por todo el país hay réplicas chinas de bordados que se venden a precios baratos porque son producidos en masa e industrialmente, de repente por ahí alguien las quiere vender como si fueran a mano pero no hace falta ser experto para darse cuenta. Lo malo: le compiten a las manos artesanas mexicanas.
Yagul me sorprendió para bien, una enorme zona arqueológica prácticamente vacía que tiene patios, juego de pelota y unos paisajes de la sierra que son mágicos. Si tienen oportunidad no se pierdan ese paseo.
Una parada imperdible es San Martín Tilcajete, pueblo mágico dónde se producen los alebrijes de copal con una maestría impresionante. Hay que visitar el centro, frente a la iglesia hay venta de artesanía y de kits para aprender a pintar. Por ahí no faltó el taller gentrificado con una experiencia buena pero cara, y bueno, el discurso que tiene fallas históricas pero ver el proceso es gratificante. Con suerte entran a un taller artesanal de locales sin gentrificar la visita.
Teotitlán del Valle es otra experiencia que no se pueden perder con características similares. La artesanía en lana es extraordinaria y vale la pena visitar los talleres, aunque en el centro hay artesanas que hay que visitar.
De la comida, ¡Uff! El chocolate amargo base agua es mi favorito. Que decir del quesillo y las tlayudas con tasajo. Si tienen oportunidad, un mezcal tobala o mezcalinas para acompañar, y visitar La Casa de la Abuela, el Almú y el Asador del Vasco. La experiencia de visitar Oaxaca a nivel diseño artesanal, popular, gastronómico y arquitectónico en estas fechas fue novedosa y estimulante. Hay que rescatar hablar del diseño mexicano, ¿No? Nos vemos pronto para seguro hablando de diseño, mis deseos de un 2026 próspero y exitoso.

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