Una de las manifestaciones culturales más antiguas es el teatro, que acompaña a la humanidad desde que el ser humano comenzó a representar simbólicamente su experiencia colectiva. Muchas representaciones escénicas recreaban mitos y cosmovisiones, preservando el conocimiento de generación en generación.
En Asia existen formas complejas como la Ópera de Pekín, donde el despliegue escénico es altamente codificado: cada gesto, color, movimiento y tono vocal tiene un significado preciso. En Japón, el Noh —minimalista y espiritual, con máscaras— surgió en el siglo XIV, mientras que el Kabuki emergió en el XVII. En India, entre el 200 a. C. y el 200 d. C., el Natya Shastra ya describía una estética de las emociones, integrando música, danza e incluso arquitectura teatral. En el sudeste asiático, el teatro de sombras (como el Wayang Kulit en Indonesia) proyecta figuras recortadas sobre tela para narrar epopeyas con música en vivo.
En Mesoamérica existieron representaciones escénicas vinculadas a rituales, con máscaras, música, cuerpo y palabra. También servían para transmitir historias y conocimientos con fines narrativos y simbólicos.
En la antigua Grecia, el teatro se consolidó como una forma dramática estructurada que combinaba poesía, música y representación pública. Las tragedias y comedias no solo entretenían, sino que también abordaban conflictos éticos, políticos y humanos de su tiempo. En Roma, el teatro adquirió un carácter más espectacular y, en ocasiones, propagandístico. Durante la Edad Media europea, muchas representaciones se vincularon a la liturgia cristiana, mientras que otras formas populares recorrían pueblos y ciudades. En el Renacimiento florecieron dramaturgos como William Shakespeare, cuyas obras exploraron con profundidad los conflictos humanos. Posteriormente, movimientos como el realismo, el simbolismo y las vanguardias transformaron el lenguaje teatral en los siglos XIX y XX.
El teatro es una manifestación universal de la necesidad humana de representar el mundo, los ritos y las cosmovisiones. A través de estas representaciones, con frecuencia se transmiten ideas, emociones y posturas mediante signos y símbolos estéticos. Pues bien, el teatro para infancias es un espacio educativo clave: no solo dialoga con las infancias, sino que también contribuye a formar públicos futuros.
Ante una realidad de satisfacciones inmediatas en pantallas pequeñas, la experiencia teatral es verdaderamente inmersiva: las tres llamadas, la puntualidad para que la tercera suene a la hora exacta marcada en la cartelera, el apagón de luces y el inicio de la obra… ¡es maravilloso!
Hoy tuve la fortuna de asistir a una obra para infancias dentro del programa “Fomento a la lectura”. ¡Qué maravilla! Con pocos recursos (ojalá tuvieran muchos más), nos transportaron a mundos alternos y nos mostraron el poder de la lectura para contar y vivir historias. Durante una hora, niñas, niños, adolescentes y personas adultas participamos activamente en la construcción de ese universo compartido. Reímos, gritamos y disfrutamos la creatividad de levantar escenografías con luces, colores y muy pocos objetos, acompañados por la enorme riqueza de nuestra imaginación. Con cada movimiento corporal y cada vocalización, viajamos del espacio teatral al mundo de la novela.
Si usted tiene la oportunidad de asistir al teatro, ojalá pueda vivir intensamente esa experiencia inmersiva de luz, sonido y comunidad. Estas manifestaciones culturales forman parte indispensable de nuestra humanidad.
Nos vemos pronto para seguir hablando de diseño.


