El fenómeno de las ferias de libros Scholastic ha dejado una huella indeleble en la cultura escolar de Norteamérica durante más de medio siglo. Desde su lanzamiento en 1948, cuando se introdujeron los primeros clubes de libros dirigidos a adolescentes, hasta la llegada de las ferias de libros en 1982, estas iniciativas han sido una forma accesible de acercar la lectura a los estudiantes a través de catálogos brillantes que evocan una atmósfera casi circense en las bibliotecas escolares.
Recientemente, la crítica Michelle Cyca reflexionó sobre este legado en un artículo evocador. Al recordar sus propias experiencias de infancia con las ferias, donde títulos como Animorphs y las novelas de R.L. Stine dominaban los pedidos, Cyca expresó su desilusión al notar que la oferta actual se ha reducido en gran parte a extensiones de franquicias de juguetes y programas de televisión como Lego, Pokémon y Paw Patrol. Para ella, esta transformación no solo indica un cambio en lo que se ofrece, sino también una preocupante tendencia hacia la mercantilización de la literatura infantil, donde la calidad de la narrativa se ve eclipsada por el atractivo de productos comercializables.
Este planteamiento plantea una pregunta crítica: ¿qué implicaciones tiene el aparente declive de estas ferias, especialmente en un contexto donde se habla de una crisis de lectura a nivel nacional? Las estadísticas son reveladoras. En la última década, las ferias han recaudado más de $2 mil millones para escuelas con recursos limitados, un testimonio de su objetivo fiscal. Sin embargo, Cyca argumenta que esta pureza y sentido de comunidad que solían estar presentes en las ferias está en peligro.
La historia de Scholastic siempre ha estado entrelazada con la desigualdad micro y macroeconómica. Como muchos recordarán, esas ferias a menudo amplificaron las diferencias socioeconómicas: mientras algunos niños contaban con dinero para comprar pilas de libros, otros se quedaban con apenas la posibilidad de adquirir algo. Esta experiencia a menudo transformaba lo que debería ser una celebración de la lectura en un complejo desafío social.
Danika Ellis, editora de Book Riot y exlibretera, también ha expresado su escepticismo respecto a la efectividad de estas ferias. La paradoja que enfrenta es significativa: ¿es el modelo de una feria de libros con fines de lucro el mejor método para fomentar el amor por la lectura entre los niños?
Además, se debe considerar el fenómeno del “enshittification”, un término acuñado por Cory Doctorow para describir cómo la experiencia del usuario se degrada a medida que las empresas maximizan sus ganancias en detrimento del consumidor. Esta tendencia no solo se limita a la tecnología; también afecta a productos y experiencias en diversos sectores, incluyendo el de la literatura infantil.
El cambio en el “vibe” de las ferias de libros no solo refleja un deterioro cultural más amplio, sino que invita a una reflexión sobre el sistema económico que lo respalda. Mientras que el deseo de revivir el pasado puede ser reconfortante, hay un riesgo inherente en caer en el pesimismo, en pensar que todo ha ido de mal en peor.
En conclusión, las ferias de libros Scholastic siguen siendo un espacio donde coexisten la cultura de consumo y la promoción de la lectura. Si bien es fácil caer en la nostalgia, es crucial reconocer que las dinámicas de estas ferias han estado presentes desde su inicio. Tal vez, como lectores y consumidores, estamos simplemente evolucionando para entender mejor las complejidades de un fenómeno que ha sido, y sigue siendo, tan multifacético como el propio acto de leer.
Gracias por leer Columna Digital, puedes seguirnos en Facebook, Twitter, Instagram o visitar nuestra página oficial. No olvides comentar sobre este articulo directamente en la parte inferior de esta página, tu comentario es muy importante para nuestra área de redacción y nuestros lectores.


