Para llegar a Trikeri, en el golfo Pagasético, hay que conducir más de cinco horas hacia el norte desde Atenas. Tres de ellas por carreteras retorcidas que ascienden y descienden colinas hasta desembocar en el mar. Allí está rodando Fernando Trueba su decimoctava película, Haunted Heart. Pero el director madrileño no ha tardado cinco horas en llegar a esta Grecia recóndita y apenas habitada que necesitaba para su proyecto, sino 16 años. El tiempo transcurrido desde que empezó a escribir la película, la primera de cine negro de su carrera, en colaboración con el guionista Rylend Grant, hasta que se ha hecho realidad. Dimensión, por algo estamos en Grecia, de los límites de las buenas historias que se conocen desde hace siglos, casi de odisea: 20 años necesitó Ulises para volver a Ítaca.
Una noche del pasado verano
Trueba le decía a Aida Folch, protagonista junto al actor estadounidense Matt Dillon, que iban a hacer “una película” y ella lo miraba confundida. La relación entre ambos va más allá del cine. Trueba dice de Folch que trabajar con ella “sale solo” y que podrían ir “una noche a cenar y después rodar una película”. Ella asegura que con ningún director se entiende mejor y que en “los rodajes de Fernando y Cristina [Huete, productora], sobre todo, se trabaja con amor porque lo que más aman es rodar”. Y cita como ejemplo de ello la proyección que se realiza cada domingo durante el rodaje para que el equipo vea lo rodado durante la semana. “Y pon eso, por favor”, insiste al periodista, “porque es algo poco frecuente y que nos hace sentir a todos aún más partícipes”.
Aquella noche, sin embargo, Folch no entendía a Trueba. Era obvio que iban a hacer una película, pensaba ella. En eso consiste el cine. Pero no, Trueba no se refería a una película como creía la actriz, sino, como lo explica él, “a hacer cine sin ninguna justificación extracinematográfica”. El cine por el cine. Sentarse ante una pantalla y, como dice, “meterse dentro, vivirlo y que desaparezca todo lo demás”. Una ficción, escrita por él, sin “ninguna red, como suelen ser las historias reales” más allá de lo que se ve. “Y eso es casi como saltar al vacío. Cuando Hitchcock rueda Psicosis a la gente le gusta o no le gusta, no hay otra opción. Como cuando Los Hermanos Marx hacen Una noche en la ópera: o te ríes o has hecho el idiota”, explica.
Trueba confiesa que los dos géneros por los que siente predilección son “la comedia y el film noir, que es distinto que el policiaco o el thriller, posee una carga más poética”. Comedias ya había rodado. Pero le faltaba adentrarse en la oscuridad del cine negro. Lo hace ahora con este suspense romántico, como lo define, en inglés y cuya inspiración proviene de su pasión por Hitchcock, por Patricia Highsmith “y sus novelas de americanos errantes metidos en líos” y por un disco del jazzista Jimmy Giuffre de clarinete con orquesta de cuerda que grabó en 1959. De esa combinación nace la historia de Alex, una española (Folch) que llega a una isla griega para trabajar en el restaurante de Max (Dillon), un estadounidense que, como ella, acabó allí buscando un lugar donde no pudieran alcanzarlo su pasado y sus fantasmas. Una película, como apunta Trueba en rodaje, “en tres movimientos”. Esa es la clave del proyecto. “Un movimiento luminoso, otro donde las cosas se empiezan a complicar y un final oscuro”, lo detalla. “Y el reto es contar bien esa evolución, como si fuera casi desde la comedia al cine negro. Contarla bien dramáticamente y estéticamente. Un deslizamiento desde la luz a la oscuridad muy interesante. Si lo logramos…”.
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