La ganadería en México se enfrenta a un desafío crucial: la adaptación a los efectos del cambio climático. A menudo se discuten factores económicos y tecnológicos, pero una investigación reciente en Sonora destaca un aspecto muy diferente: las percepciones de masculinidad y su impacto en la adopción de prácticas sostenibles.
Un estudio realizado por investigadores de la Universidad Estatal de Sonora y la Universidad de Sonora se centró en una pequeña empresa dedicada a la ganadería bovina intensiva. La investigación, publicada en la revista de Estudios Sociales, reveló que ciertas concepciones tradicionales sobre el “ser hombre” pueden presentar obstáculos significativos a la hora de reconocer los efectos ambientales del cambio climático y a la implementación de prácticas más ecológicas.
Valores como el individualismo, la resistencia física y la autosuficiencia, muy arraigados en este contexto, afectan la forma en que se perciben tanto los riesgos laborales como los ambientales. En muchas actividades productivas, la imagen del hombre fuerte y resistente se asocia a menudo con una falta de atención a la vulnerabilidad y al autocuidado. Este sesgo cultural puede ser un verdadero filtro que minimiza la comprensión de las amenazas que enfrenta la ganadería ante un entorno cambiante.
Los hallazgos del estudio muestran que el 54.5% de los participantes no perciben que las emisiones de gases de efecto invernadero producidas por el ganado representen un problema ambiental. En cuanto a los desechos orgánicos, el 63.6% consideró que no causan daño, mientras que el 90.9% ve las regulaciones ambientales como una “moda”. Este escepticismo resalta una distancia entre los ganaderos y la realidad de su impacto en el cambio climático.
No obstante, la situación presenta un rayo de esperanza. Los investigadores encontraron que al proporcionar información científica básica sobre el cambio climático, las percepciones de riesgo cambiaron notablemente. Tras la educación, el reconocimiento de “días más calurosos” durante el verano aumentó del 48% al 82%, y todos los participantes admitieron que su actividad ganadera podría verse afectada por el clima.
Además, la disposición a adoptar prácticas ambientales varía. Mientras que un biodigestor para aprovechar desechos orgánicos fue bien recibido —con un 72.7% de aceptación—, las alternativas que implican modificar directamente el proceso de engorda hallaron mucha más resistencia.
Este estudio no solo resalta el papel de la ganadería en las emisiones de gases de efecto invernadero, sino que recalca la interacción entre los valores culturales de las masculinidades y el cambio climático. Se estima que la producción ganadera aporta alrededor del 12% de las emisiones globales, con los bovinos como principales responsables.
La conclusión es clara: para avanzar hacia prácticas más sostenibles, es fundamental reconocer y abordar estas barreras culturales. No se trata solo de tecnología o economía, sino de comprender la dimensión cultural de las masculinidades que impide la aceptación del cambio.
Es importante señalar que estos resultados pertenecen al caso específico de una empresa ganadera y no pueden generalizarse a todo el sector. Sin embargo, ofrecen una visión valiosa que podría contribuir a entender mejor cómo las masculinidades y la percepción del riesgo se entrelazan en la lucha contra el cambio climático, abriendo un espacio para estrategias más inclusivas y efectivas en el sector ganadero.
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