El pasado 19 de septiembre de 1985, un devastador sismo sacudió a México, dejando un profundo impacto en la memoria colectiva del país. En el vestíbulo del Centro Médico Nacional Siglo XXI, se erige un monumental mural titulado Homenaje al rescate, creado por el artista José Chávez Morado entre 1988 y 1989. Esta obra, que se extiende por 20 por 30 metros, no solo captura la tragedia del terremoto, sino que también simboliza la incansable solidaridad civil que surgió en respuesta a la catástrofe.
El mural, con sus incisiones en bajo relieve que evocan cicatrices, retrata escenas conmovedoras: brigadistas removiendo escombros, médicos atendiendo heridos y multitudes levantando pancartas que exigen derechos fundamentales como vivienda, salud y educación. Este conjunto visual, aunque a menudo confundido con una mera decoración, habla a quienes transitan por el hospital, invitándolos a reflexionar sobre la vulnerabilidad humana y la capacidad de resiliencia.
Dina Comisarenco, historiadora del arte, destaca las significativas implicaciones del retorno de Chávez Morado al Centro Médico, treinta años después de haber celebrado los avances en medicina. En esta nueva creación, el artista reconoce la fragilidad humana junto con la fortaleza de la solidaridad. La obra se articula en tres secciones: a la derecha, el desastre; en el centro, el dolor y el rescate; y a la izquierda, la reconstrucción. Esta estructura, que actúa como una crónica emocional, permite al espectador recorrer un viaje que fomenta empatía y conciencia sobre la historia compartida.
El mural no solo se limita a ser una representación física, sino que su superficie recuerda a una xilografía monumental. Las incisiones profundas parecen grabar en la materia la imposibilidad de olvidar, consolidando el sismo y el surgimiento de una sociedad civil resistiendo por siempre en la memoria social. En el centro de la obra, dos manos gigantes sostienen un águila y un nopal, símbolos fundamentales de México. Este gesto representa la fuerza de la solidaridad civil y la posibilidad de renovar la sociedad tras la tragedia.
Detalles como un círculo naranja que marca la hora fatídica —7:19 horas del 19 de septiembre— y un rectángulo verde que señala a las 2,300 personas rescatadas, subrayan la lucha colectiva. En los extremos del mural, un árbol seco en llamas contrasta con otro lleno de vida, simbolizando la transformación de la destrucción hacia un renacimiento.
La obra es un testimonio de los cambios sociales en México en los años 80, enfocándose en la importancia de la participación ciudadana. Las pancartas visibles en el mural, que exigen elementos básicos como “Casa. Agua. Luz” y “Salud. Trabajo. Cultura”, no son meras consignas, sino un llamado a la acción contemporáneo.
Sin embargo, la percepción del mural varía entre los visitantes. Algunos, como Eloy Rubio, un estudiante de secundaria, confiesan que lo ven como un elemento decorativo. Otros, como Irma Peláez, se sorprenden de cómo los artistas convierten el caos en belleza y reconocen la tristeza que trae recordar a quienes perdieron seres queridos.
La memoria colectiva se encapsula en la ficha que acompaña la obra, que resume su esencia: “Devastación, impotencia, pena absoluta y de inmediato solidaridad, esperanza, lucha, reconstrucción”. Este mural no solo es una obra de arte, sino un poderoso recordatorio del pasado y de la capacidad de la sociedad para reconstruirse ante la adversidad.
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