La crisis financiera global de 2008 provocó un cambio significativo en el panorama regulatorio del sistema bancario, lo que, a su vez, llevó a un aumento en la relevancia de los intermediarios financieros no bancarios (NBFI) en la economía mundial. A finales de 2024, este sector acumulaba activos por un asombroso total de 257 billones de dólares, cifra que supera en un 34% los activos de los bancos tradicionales, según informes recientes.
La participación creciente de los NBFI en el sistema financiero internacional incluye una variedad de instituciones financieras como fondos de pensiones, fondos de inversión, hedge funds y fondos soberanos. Esta diversificación ha dado lugar a un mayor interés en los activos de los mercados emergentes (EM). De hecho, el último Global Financial Stability Report del Fondo Monetario Internacional (FMI) revela que en 2024, la participación de inversionistas no residentes dentro del sector NBFI en instrumentos de deuda de EM alcanzó un notable 78%. Esto supone un incremento cercano al 90% respecto a 2006, siendo que cerca del 47% de estas inversiones provino de fondos de inversión.
Si bien la llegada de capital extranjero puede parecer positiva para países en desarrollo, es esencial evaluar su vulnerabilidad ante movimientos en la aversión global al riesgo. El mismo informe del FMI destaca que los inversionistas no residentes son mucho más sensibles a episodios de riesgo, como la emergencia del COVID-19 o las políticas monetarias restrictivas de la Reserva Federal de EE. UU. desde principios de 2022. Se ha observado que, ante un aumento de una desviación estándar del índice VIX, estos inversionistas reducen su exposición a bonos y acciones de EM en un 0.6% más que sus contrapartes locales.
Este análisis es particularmente relevante para México por dos razones clave. En primer lugar, evidencia reciente indica que la significativa disminución en la compra de bonos gubernamentales por parte de no residentes entre 2020 y 2023, especialmente los bonos M, está asociada en gran parte con la desinversión por parte de fondos de inversión pasivos. En segundo lugar, se ha constatado que los fondos de pensiones, en contraste con los inversionistas no residentes, muestran menor sensibilidad a episodios de aversión al riesgo. Esto ha permitido a los fondos de pensiones locales aumentar su exposición a bonos gubernamentales, compensando así la salida de capitales y evitando movimientos abruptos en los mercados cambiario y de renta fija. En particular, la participación de los fondos de pensiones locales en los bonos M creció del 12.9% al 24.6% entre diciembre de 2019 y diciembre de 2025.
Así, los datos sugieren que la transición hacia fuentes de financiamiento internas, fortalecidas por los NBFI locales, podría proporcionar una mayor estabilidad en la economía ante futuros choques de aversión al riesgo. Además, al diversificar e invertir en instrumentos de mayor rentabilidad más allá de la deuda gubernamental, se podría contribuir significativamente al desarrollo del sistema financiero local.
Esta dinámica no solo destaca la importancia de un sistema financiero robusto, sino que también señala el potencial de crecimiento y resiliencia que los NBFI pueden aportar en tiempos inciertos. En un contexto económico cambiante, reflexionar sobre estas tendencias es fundamental para comprender cómo los países en desarrollo pueden posicionarse mejor frente a las fluctuaciones del mercado global.
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