Fue Taylor Fritz, quién lo iba a decir, el que fijó el límite de la secuencia ganadora de Rafael Nadal esta temporada. El estadounidense, de 24 años y 20º del mundo, interrumpió la marcha triunfal del español (6-3 y 7-6(5), en 2h 06m) y se coronó en Indian Wells, añadiendo una muesca histórica a una carrera de perfil discreto hasta ahora. Después de encadenar 20 triunfos consecutivos y tres trofeos desde el inicio del año, el mallorquín (35 años) acusó el desgaste de la semifinal contra Carlos Alcaraz en la jornada anterior y cedió en una final que jugó mermado, dolorido del pecho. Se revolvió con todo e hizo sonar los tambores de la heroica al final, pero esta vez no hubo milagro.
Fritz, que también saltó a la pista lastimado, el tobillo derecho en su caso, elevó el primer Masters 1000 del curso y recogió el lejano testigo de su compatriota Andre Agassi, campeón del torneo en 2001. A su título le acompañará el ilustre logro de haber sido el hombre que interrumpió el mejor despegue anual de Nadal, que aspiraba a su cuarto cetro en el Valle de Coachella y a su 37º laurel en la categoría; de haberlo conseguido hubiera igualado a Novak Djokovic, que sigue en posesión del récord y regresará a la competición en Montecarlo, el 10 de abril, en el mismo escenario en el que reanudará la actividad el balear, ausente también en Miami con el objetivo de dosificarse.
Se mordía Nadal el labio de rabia. Miraba a su banquillo, diciéndolo todo sin decir nada: sencillamente, no podía. Su técnico, Francis Roig, correspondía con una mueca de resignación y preocupación. Desde el principio se percibió una versión inánime muy alejada de la habitual, limitado en la movilidad, sin chispa ni golpe; refugiado el balear en la cueva y conformándose con la devolución, sin la intención de hacer daño en el pelotazo ni la capacidad para soltar el brazo ni, mucho menos, dar sus característicos latigazos con el drive. Ni ardor ni energía. Un Nadal sin brío, a cámara lenta. Raro, raro. El problema, transmitía su rostro, iba mucho más allá del marcador.
En un santiamén, Fritz abrió brecha y se situó cuatro juegos por encima, incrédulo el norteamericano y también la grada. Demasiado fácil para ser verdad, demasiado sencillo todo. Nadal no suele regalar nada, pero el peaje físico del esfuerzo efectuado el día previo contra Alcaraz le impedía guerrear. Primero ingirió una pastilla antinflamatoria y en un momento dado, cuando seleccionaba las bolas para servir, se echó la mano al pectoral. Ya tuvo que ser atendido en la recta final del duelo contra el murciano y cuando Fritz ya le había arañado tres breaks y se había adjudicado el primer set, con muy poquito, se marchó al vestuario acompañado del fisio.
Los giros y los aguijonazos
Hasta ahí, un calvario. Impotencia. Nadal no era Nadal. El estadounidense se distanciaba a manotazos y cada vez que él tenía que girar el torso para armar el tiro, ya fuera por un lado u otro, sentía una opresión en el pecho. El golpeo, por tanto, era limitado y la velocidad del servicio menguaba. Al menos, encontró algo de alivio en la atención recibida durante el receso y a su regreso a la pista ofreció una resistencia mayor. Se agarró al partido con uñas y dientes, con esa fe nadaliana que le ha levantado tantas y tantas veces, y fiel a sí mismo discutió el parcial todo lo que pudo y más, hasta donde se lo permitió el cuerpo.
Más reconocible, aunque muy lejos del Nadal dominador, logró hincarle el diente a Fritz en el tercer juego de la continuación, aunque la respuesta del estadounidense fue inmediata, de break a break. Si el día anterior había tirado de oficio para contener a Alcaraz, esta vez se mantuvo a flote a base de orgullo. Sin embargo, después de que se le esfumasen un par de opciones de rotura, con 4-4, estrelló un derechazo sencillo en la red y acto seguido expulsó una bocanada de dolor, entumecido y agarrotado. Aun así, condujo a Fritz hacia el rincón de pensar. Primero salvó una bola de partido y de inmediato se granjeó un par de oportunidades para romper y situarse por delante, pero el norteamericano aguantó el tipo.
No cayó en la trampa, apagó el fuego y luego fue sometido por el mallorquín a una prueba de mayor estrés en el tie-break. Nadal hizo una última intentona, invocando una vez más a la épica, del 0-2 al 4-3, pero al final se inclinó. Ahí se cerró la racha. Fritz, quién lo iba a decir.
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