La escena del reciente Mundial ha dejado una huella imborrable. En el MetLife Stadium, un equipo español, después de 120 minutos de dominación, se prepara para levantar el codiciado trofeo cuando irrumpe la figura monumental de Donald J. Trump. Su presencia, un recordatorio de la fusión entre el espectáculo deportivo y el poder político, apuntó a una realidad inquietante: el capitalismo de la FIFA. Rodri, uno de los jugadores, intenta discretamente desplazar a Trump de la imagen de unión, mientras que Gianni Infantino, presidente de la FIFA, actúa como un valet, intentando reubicar al invitado no deseado en un intento de mantener las apariencias. Lo que parecía ser un glorioso momento del deporte terminó manchado por una escena surrealista y decadente.
Los abucheos y silbidos desde la multitud hicieron eco en todo el planeta, reflejando la animosidad hacia la FIFA, cuya reputación se ha visto marcada por escándalos de corrupción y prácticas cuestionables en la organización de eventos. La complicidad de Infantino en este contexto no es casualidad; su gestión ha estado impregnada de decisiones que han elevado el juego a un nivel de hipermercantilización, donde la pasión futbolística se ha visto eclipsada por el interés económico.
La pregunta que surge es si es posible reformar la FIFA, un organismo cuya estructura parece destinada a provocar escenas como la del Mundial. ¿Pueden las voces de la afición y la presión del público transformar el sistema actual en uno más transparente? Unos se muestran esperanzados, otros son escépticos. Reformar a la FIFA implica más que cambiar a su presidente; es un desafío estructural.
La necesidad de un cambio es aún más evidente después de un Mundial que, por su magnitud, ha expuesto la maquinaria administrativa de la FIFA al ojo del mundo. Con entradas de reventa alcanzando los 4,185 dólares, un aumento significativo respecto al Mundial anterior en Qatar, las preocupaciones sobre la transparencia de la FIFA se intensifican. Esta organización ha cultivado un relato de autonomía, que sin el contrapeso adecuado, se convierte en un vacío regulatorio, ausente de supervisión externa real.
Los vínculos de Infantino con figuras como Trump han levantado cejas. Las decisiones políticas han influido, por ejemplo, en el reubicado equipo de Irán durante el Mundial, donde la influencia del gobierno de EE.UU. modificó las dinámicas del torneo. Estas decisiones, además de evidenciar la impunidad de la FIFA, revelan un sistema orientado hacia el poder en vez de la integridad del deporte.
Mientras expertos como Roger Pielke Jr. argumentan que cualquier reforma real debe apoyarse en mecanismos de rendición de cuentas, la FIFA ha demostrado ser resistente al cambio. En 2011, un esfuerzo por establecer un Comité de Gobernanza Independiente fracasó al advertir sobre conflictos de interés que perduran. La sombra del escándalo de Sudáfrica 2010, donde altos funcionarios fueron arrestados por corrupción, sigue pesando sobre la organización.
La FIFA, como se ha dicho, es como un Vaticano del fútbol, regulada únicamente por su voluntad interna. Y aunque las comparaciones con otros organismos, como el Comité Olímpico Internacional, sugieren que la presión externa puede generar cambios, la falta de un sistema robusto de regulación sigue siendo un grave obstáculo.
Los eventos del Mundial 2026 han obtenido visibilidad, evidenciando que la FIFA tiene cuatro años para trabajar en su imagen y operación. Con críticas que aseveran que la corrupción no es solo un defecto del sistema, sino una solución perversa a problemas de coordinación institucional, es, sin duda, un momento crítico para repensar su gestión.
A pocas semanas de que el Mundial se revalúe desde una perspectiva más crítica, el paso hacia una FIFA más transparente y responsable parece depender en gran medida de la acción colectiva de aficionados, patrocinadores y entes reguladores que demanden rendición de cuentas. Sin un cambio en la cultura y un compromiso real hacia la transparencia, el espectáculo futbolístico podría seguir siendo un escenario de intereses, donde la corrupción y la falta de ética continúen siendo protagonistas.
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