En la lejana época de 1838, un nuevo capítulo de la relación entre México y España se empezaba a escribir con la firma de un Tratado de Paz y Amistad. Este acuerdo no solo simbolizaba el deseo de reconciliación, sino que también marcó un hito en las relaciones diplomáticas entre ambos países. Ángel Calderón de la Barca fue comisionado como primer ministro plenipotenciario de España en México, un hombre caracterizado por su ingenio y paciencia, que pronto embarcó en una travesía que cambiaría la vida de su esposa.
Frances Erskine Inglis, su mujer, era una escocesa afincada en Boston, apasionada por la cultura hispana y ávida lectora. Aunque su familia se mostraba preocupada por su soltería, Frances encontró en Calderón un compañero que, a pesar de sus años, tenía un encanto particular. Su unión en 1838 condujo a un viaje hacia México, un destino que ella jamás imaginó lo transformaría en cronista de aventuras.
El trayecto comenzó en el barco “Norma”, con escalas en La Habana y Veracruz. Desde el primer día, Frances comenzó a plasmar sus reflexiones en cartas dirigidas a su familia. Sin embargo, no todo fue romanticismo en el mar. Frances se enfrentó a las incomodidades de la vida en un barco mercante, llenando sus escritos de frustración ante una travesía que parecía interminable, con el barco avanzando lentamente contra el viento.
A pesar de estos obstáculos, diciembre de 1839 les permitió desembarcar en Veracruz, donde el matrimonio Calderón de la Barca se instalaría por un largo período, disfrutando de lo que parecía ser unas eternas vacaciones. Frances nunca dejó de escribir, y gracias a su pluma, se nos reveló un fresco de su experiencia en tierras mexicanas: sus impresiones sobre el calor tropical de La Habana, el respeto y temor que le infundía conocer a figuras como el general Antonio López de Santa Anna, y la fascinación por las tortillas recién hechas que compartían los locales.
La llegada a la Ciudad de México en julio de 1840 fue un momento culminante en su crónica. Frances describió con profunda admiración el vasto valle que se extendía ante ella, rodeado de montañas y lagos, evocando la historia de sus fundadores. Comparó su vista con la de los conquistadores, como si el tiempo se detuviera para permitirles apreciar lo que Cortés vivió al descubrir la ciudad de Tenochtitlán.
Con el tiempo, su estilo de escritura evolucionó, y en pleno verano de 1840, Frances observó la calidez y afectuosidad de las mujeres mexicanas, destacando su carácter irresistible. Reconoció que era raro que una mujer mexicana pudiera vivir fuera de su tierra, ya que éstas sentían un profundo apego a su cultura y su entorno.
El mandato de Calderón concluyó en 1842, pero la obra de Frances se convertiría en un legado invaluable. Su escritura no solo reveló los encantos de México, sino también costumbres que perduran hasta hoy: la inclinación a celebrar la vida en torno a mesas repletas, la importancia de la cordialidad en las visitas, y la suma de momentos festivos que caracterizan al pueblo mexicano.
Así, los registros de Frances Calderón de la Barca nos ofrecen una mirada nostálgica e informativa sobre la vida en México de hace más de un siglo y medio, dejando una huella imborrable del intercambio cultural entre dos naciones que, a pesar de sus diferencias, encontraron un puente en el entendimiento mutuo y la admiración.
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