El pasado jueves, millones de escolares en Brasil regresaron a sus hogares después de una jornada escolar sin incidentes, dejando a sus familias, educadores y autoridades respirando aliviados. La razón de su preocupación era comprensible: el 20 de abril marcó el 24 aniversario del trágico tiroteo en la escuela de Columbine, en Estados Unidos, que dejó 13 muertos y 24 heridos.
En Brasil, el país ha experimentado una preocupante serie de tiroteos en escuelas durante los últimos nueve meses, con nueve casos que representan casi la mitad de los 22 casos ocurridos en las últimas dos décadas, que dejaron 36 víctimas. El Gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva ha calificado la situación como una epidemia, y no es difícil ver por qué.
El 5 de abril, tuvo lugar el ataque más reciente, llevado a cabo por un enfermo mental víctima de un brote psicótico. El suceso fue brutal, y los medios de comunicación brasileños restringieron la difusión de los nombres e imágenes de los autores de los ataques. A partir de ahora, solo se publican una vez en cuatro párrafos debido a la política de limitación de la difusión.
La escalada de la violencia en las escuelas de Brasil ha dejado a las comunidades locales con una profunda preocupación. El miedo y la ansiedad que sienten los estudiantes y sus familias es comprensible, y se necesitan medidas efectivas para garantizar su seguridad y bienestar. En un momento en que el mundo está lidiando con el COVID-19 y otras crisis globales, es importante no perder de vista la necesidad de abordar este tipo de violencia en las escuelas y en nuestra sociedad en general.
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