Un día, viéndolo atribulado, le pregunté qué tal a un colega, esperando un bien, gracias. Pero, en esas, fue el tío y me lo contó todo. Andaba de mudanza con su esposa y sus dos críos, estaban haciendo agua como pareja, pero, abducido por el estrés y la inercia, no tenía tiempo ni de divorciarse. Me hizo tanta gracia y tanta pupa escuchar en otra boca males tan conocidos que adopté la frase como santo y seña. Separarse no es fácil. Nunca es el momento. Siempre hay una excusa. Por los hijos, por los padres, por la pasta, por vértigo. Por no poner tu vida patas arriba, aunque tu vida sea una mierda y tú seas el primero en saberlo. Hasta que un día, de repente, llega algo, o alguien, y te lo da todo hecho. O nunca llega nadie ni nada y te comes en vida el limbo o el mismísimo infierno antes de palmarla y ganarte el cielo de los mártires y los cobardes.
La nota precedente contiene información del siguiente origen y de nuestra área de redacción.


