El 16 de agosto de 2026, Irán afirmó haber ganado la guerra contra Estados Unidos e Israel, argumentando que sus enemigos no lograron alcanzar los objetivos militares y políticos que se habían propuesto al iniciar las operaciones en febrero. Esta declaración fue emitida por Mohamed Baqer Qalibaf, presidente del Parlamento iraní y principal negociador del régimen, quien celebró lo que considera una victoria de Teherán frente a sus adversarios.
Qalibaf enfatizó que Irán obtuvo triunfos tanto militares como políticos, vinculando este éxito a la incapacidad de Washington y Jerusalén para provocar un cambio de régimen en el país persa, un objetivo que, según él, fracasó. De hecho, el líder iraní describió el memorando de entendimiento alcanzado con Estados Unidos el 17 de junio como un “documento de honor y victoria” para su nación.
Aunque Qalibaf reconoció que la “victoria proclamada” no implicaba la destrucción de las Fuerzas Armadas estadounidenses, insistió en que representa una “derrota absoluta para Estados Unidos y el régimen sionista”, un término empleado frecuentemente en el discurso oficial iraní para referirse a Israel. Este relato busca presentar el desenlace del conflicto como un revés para los adversarios, a pesar de que aún persisten negociaciones sobre las condiciones políticas, militares y económicas para alcanzar un acuerdo definitivo.
Una de las cuestiones más críticas en este contexto es el control del estrecho de Ormuz, un pasaje marítimo fundamental para el transporte global de petróleo y gas. El general de división Amir Hatami, jefe del Ejército iraní, advirtió que Irán no permitirá que Estados Unidos recupere su estatus militar en la región, planteando el estrecho como un elemento clave en la estrategia de negociación de Teherán. “Bajo ninguna circunstancia las bases estadounidenses podrán volver a la situación anterior”, afirmó Hatami, consolidando la postura de Irán en medio de las tensiones geopolíticas.
El estrecho de Ormuz, que ha estado cerrado desde mediados de julio debido a escaladas militares y ataques mutuos, se ha convertido en una herramienta de presión para Irán. El régimen exige el levantamiento del bloque y un fin a las sanciones impuestas a sus puertos, al tiempo que condiciona su apertura a que se cumplan sus demandas.
En el panorama actual, la disputa sobre el estrecho no solo revela las intenciones de Teherán tras el conflicto, sino que también posiciona a la nación como un actor estratégico capaz de restringir el tráfico marítimo en una de las rutas más importantes del mundo. Con ambas partes aún en desacuerdo sobre los términos de un acuerdo que podría llevar a una normalización de relaciones, el futuro de Ormuz sigue siendo un punto focal de la tensión regional. La situación es un recordatorio de cómo los conflictos bélicos no solo determinan victorias y derrotas, sino que también redibujan las dinámicas de poder en el contexto global.
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